ESPAÑA

«¿Te has caído del camión?». Kamal contesta negativamente. Esta vez lo ha intentado con un autobús de turistas. La misma estrategia de siempre: subirse a alguno de los huecos que quedan en los bajos de estos vehículos y aferrarse hasta, si hay suerte, tocar suelo español. «Es muy difícil», asegura, pero algún día lo conseguirá, y dejará el puerto y quizás también la cola, el maldito pegamento del que no habla pero que se ha convertido en refugio de tantos chavales como él.
Abdelhari tiene 15 años, uno menos que Kamal. Parece más confiado que él. «Cada vez que nos pillan tenemos que pagar 50 dirhams (algo menos de 5 euros) a la Policía para que nos suelte», explica contando con los dedos.
Como Kamal y Abdelhari hay muchos en el puerto. «Están siempre por aquí. Viven por allí detrás, entre los escombros, donde pueden», señala Reduan, que trabaja vendiendo billetes para los ferris, mientras señala uno de los muros del recinto. A lo lejos se aprecian montañas de desperdicios, donde varios jóvenes se aferran a sus bolsas de plástico. Inhalan con fuerza los vapores tóxicos de la cola.
Vienen del sur, o de los barrios más humildes de Tánger. Algunos huyen de familias problemáticas. Otros son empujados por sus propios padres, que ponen sus últimas esperanzas en el hijo que consiga llegar a España. No existen cifras de cuántos niños intentan cruzar cada año a España. El Gobierno español reconoce más de 5.500, aunque es imposible saber el número exacto. El Estado asume la tutela de los menores que son localizados por las autoridades y no se puede certificar que tengan familia en España. Son internados en centros gestionados por las comunidades autónomas y, cuando cumplen 18 años, si no han conseguido papeles, son repatriados a sus países de origen. «La mayoría entra en España en coches y con total normalidad, simulando ser parte de una familia», explica Andreu Camps, director del programa Cataluña-Magreb. «Es el pan de todos los días», explica un camionero de Baza mientras espera para entrar en la ciudad. «Cuando vemos a alguno lo sacamos y se lo decimos a la Policía», asegura este granadino. El problema es cuando se meten de noche, reconoce: «Ahí no vemos nada». Cuando un menor llega a la península solo, «además del riesgo físico que corre, tiene un hándicap que difícilmente va a superar: el fracaso a la llegada», explica Camps. Su esperanza es trabajar, pero no hay trabajo. Van a traficar con él y a explotarlo. Para ocultar su fracaso, va a mentir a su familia sobre las condiciones reales en las que se encuentra.
El triunfador
Sufian responde en parte a este perfil. «España no era lo que yo pensaba. Subirse al camión fue la parte fácil del viaje», reconoce este tangerino de 20 años. Sin embargo, él consiguió llegar, y ahora trabaja como pintor en Barcelona. Para el resto de chavales que merodean en las inmediaciones del puerto, Sufian es un triunfador que ha conseguido papeles y vuelve a casa por vacaciones con ropa moderna. Estuvo en el camión cerca de una hora. Cuando el vehículo entró en el barco, Sufian se bajó y subió a la cubierta de pasajeros. Mendigó y entró a España a pie. «La Guardia Civil me mandó a un centro de menores», cuenta entre el alboroto de los demás chicos. En los centros, no se trabaja y, por lo tanto, no se gana dinero. Así que se escapó. Sufian no quiere entrar en detalles sobre qué paso entre su fuga y la obtención de papeles. «Es muy largo», dice. Pero ahora, lo que cuenta para él es que puede mandar dinero a su madre. La mayoría son localizados por las autoridades antes de que los camiones suban al barco. Pero algunos recorren cientos de kilómetros encaramados a los ejes. Es el caso de los cinco menores que la Guardia Civil encontró a principios de diciembre en el puerto de la Mora, en Granada.
Las historias son variadas, pero comparten el eje común de alcanzar algo mejor. «¿Si merece la pena?», se pregunta Abdelaziz Jonar. «Depende de la situación de cada uno, pero a mí sí me mereció». Lo intentó tres veces y a la tercera fue la vencida. Abdelaziz no se avegüenza en reconocer que pasó miedo. Abdelahid tiene once años y escucha con entusiasmo las historias de los niños mayores. Dice que va todos los días al puerto. «¿Ves aquellas luces?», señala al horizonte. «Es Tarifa. Pronto estaré allí». Zakaría tenía todas las papeletas para acabar en los bajos de un camión. Con 14 años, forma parte del grupo de menores que tienen un familiar o un vecino que se ha ido a España y que, por su situación de precariedad, podría intentar irse. Sin embargo, Zakaría acude todos los días al liceo que ha habilitado el programa Cataluña-Magreb en Tánger para prevenir la emigración de menores y atender a los que se han acogido a un plan de retorno voluntario. Todavía quiere irse a España pero, por ahora, está feliz con sus compañeros en el liceo. De los más de cien niños que se benefician del programa, financiado con dos millones de euros por la Generalitat y la Unión Europea, sólo nueve son retornos voluntarios.
Por su parte, el año que viene, si el Parlamento marroquí le da el visto bueno, se pondrá en marcha el acuerdo de repatriación de menores no acompañados entre España y Marruecos. El acuerdo pretende reducir las oleadas migratorias de menores y aliviar los centros de acogida españoles, la mayoría de los cuales se encuentran masificados.








