Sociedad

María Maceiras, May en el mundillo del póker, nació en Pontevedra hace casi 28 años (los cumple en diciembre). Tiene un aspecto motero y urbano. Contagia vitalismo.
Conversa con tono didáctico y atractivo sobre su profesión y su vocación. Disfruta hablando de cartas «y viajando, y conociendo a gente en este mundo que tanto me ha dado. Tengo muchos amigos en el póker». Está en el polo opuesto a la agresividad, la sordidez o la rudeza que los prejuicios asocian a este mundillo. Por formación académica y experiencia profesional, May Maceiras es publicista, pero su condición de «jugona» le atrajo irresistiblemente al póker.
«Siempre me gustó jugar, a todo. Mientras las niñas de mi edad estaban con muñecas, yo estaba con el Risk, el Monopoly... cualquier juego de mesa que implicara competición me atraía. Jugué mucho al mus, que me encanta, hasta que me incliné por el póker. También me gusta picarme con la consola... es una pasión que se lleva dentro. Hay gente a la que le gusta jugar a todo, al margen del dinero».
Su padre le transmitió pasión y secretos de picas y diamantes, pero luego llegaron «horas y horas diarias de entrenamiento a través del ordenador, de leerlo todo, de estudiar el juego y a los mejores jugadores, es un mundo apasionante que nunca se acaba de conocer».
Como gran conocedora del fenómeno, es capaz de dar detalles sobre su enorme auge actual. «La gran explosión llegó alrededor de 2003, un jugador ganó, por internet, el derecho a participar en un gran torneo cuya inscripción no podía pagar. Luego, en las partidas retransmitidas vía satélite, ese novato fue capaz de ganar. Logró diez millones de dólares». Aquello fue un fenómeno que recorrió Estados Unidos. Luego saltó a Europa y cinco años después el póker por internet, con su versión de partidas organizadas y públicas, es un huracán que ya le ha dado alcance a muchos deportes en cuanto a difusión y participación. Los usuarios diarios de las webs, en países como Alemania, han pasado «de 5.000 a 500.000», detalla la jugadora. «España va un par de años por detrás», pero la pasión ya llega.
May asegura que «no es azar. Hay azar, pero un buen jugador consigue reducirlo cada vez más y más hasta su mínima expresión». Asegura que el póker debe ser «una pasión, un hobbie» y trata de desmotivar a los ilusos. «Se profesional es un privilegio para unos pocos. Para la gran mayoría, querer vivir de esto es una locura... incluso una estupidez».
Se entusiasma hablando de los tells (gestos que delatan al que juega) y cuenta que hay jugadores tan expertos que hasta logran fingir temblor de manos. Conoce todos los secretos y compara su juego, frecuentemente, con el ajedrez: «Es mental. Hay mucho de matemáticas, pero no todo. Con malas cartas, puedes ganar. Con mala cabeza, nunca».
Se detiene en tácticas, nombres de míticos jugadores, estilos de juego... como una admiradora del baloncesto hablaría de la NBA de los años 70. Es su mundo, su universo, descargado de tópicos, lleno de sensatez, normalidad y disfrute.
Al fin y al cabo, es un juego.







