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Por ello, Rodrigo García plantea la obra casi como una anticonmemoración de una gesta y de una guerra, pero a la vez lo hace de una forma ingenua celebración de la vida. «Celebrar la vida y reconocer sus zonas oscuras puede que sea, a fin de cuentas, la única contribución del arte, lo poco que podemos ofrecer a una sociedad que agoniza, entretenida y jocosa».





