Ciudadanos
En el argot salinero la han llamado siempre la manta, porque reposaba como una fina lámina sobre el agua de las balsas cristalizadoras. Se tiraba por inútil y porque además impedía que el agua se evaporase. Su recolección, además, resultaba poco rentable porque es tan fina y sensible, que al tocarla con las manos se deshace entre los dedos.
En el argot culinario la llaman flor de sal, porque además de su delicadeza, al cristalizar parece que floreciese -dicen con no poca poesía culinaria-. Su principal cualidad es que, al ser tan blanda, se disuelve en la comida con facilidad, y gracias a su baja cantidad de yodo, realza mucho más el sabor de los alimentos. Francia y Portugal son los máximos productores de este patito feo convertido en cisne, mientras en nuestro país apenas dos empresas la han empezado a producir.
La sal de cristal
En Cádiz se encuentra una de estas empresas que han apostado por este nuevo producto: se trata de la salina de San Vicente, de San Fernando, que ha empezado a valorarla, recogerla y comercializarla con la ambiciosa intención de abrir sus mercados hacia países como Japón, Estados Unidos y el resto de Europa, donde es muy valorada. Ellos la llaman sal de cristal, un nombre no menos poético e igual de evocador. Según explica Manuel Ruiz, propietario de la salina de San Vicente, la producción «va poquito a poco adelante, pero ya la enviamos a muchos restaurantes de España y se puede ver hasta en el aeropuerto de París».








