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Alrededor de 8.000 personas presenciaron el esperadísimo concierto que el cantautor y su banda ofrecieron en Jerez, donde brindaron una noche para el recuerdo
Todavía no había caído el sol cuando Bob Dylan -quién hubiera pensado hace solamente unos meses que pisaría Jerez- apareció puntualmente en el escenario de Chapín con su atuendo habitual: traje oscuro, sombrero de ala ancha y mirada al suelo como si, en vez de irrumpir en un estadio en el que 8.000 pares de ojos estaban pendientes del más mínimo de sus movimientos, caminara por una calle cualquiera de su Minesota natal. Una de las leyendas vivas de la música del siglo XX se presentó sin más equipaje que su música -que no es poco- sin más referencia que la fuerza de sus letras y melodías, sin juegos de luces grandilocuentes ni un escenario espectacular ni una puesta en escena de vértigo. El que quiso ver a Dylan lo vio anoche al desnudo, con las manos y la voz limpias de adornos, florituras y técnicas de venta: la genialidad y la experiencia saben volar solas. La sencillez es la tónica de sus conciertos en los últimos años. No quiere más protagonismo del que ya despierta su nombre por sí solo. No permite que se le hagan fotografías ni que se tomen imágenes para la televisión -no lo ha consentido en los diez conciertos que lleva de su gira española aunque eran muchos los flashes que se vieron anoche- y no deja de acariciar el teclado más que para sus impecables solos de armónica, muy celebrados por el público. Cualquier artificio más sobra: sólo serviría para camuflar su pureza, su calidad y su carácter propio.

Noche mágica

La magia recorrió todo el estadio cuando Dylan solamente había rozado las teclas. El respetable -de entre 20 y 60 años- escuchaba expectante. Alguno volvió repentinamente a sus años de juventud, otros añoraron por un instante no haber tenido la oportunidad de compartir otras épocas para enamorarse y protestar contra las guerras con la banda sonora de Dylan. Tomó muchas canciones de Modern Times (2006), su último disco de estudio, y las fue intercalando con otros éxitos pasados. Beyond the horizont, If you her say hello, Master of War, Just like Tom Thumb's Blues son algunos de los temas que se escucharon ayer en el Estadio Chapín. Algunas de estas canciones rememoraron el rockabilly de los cincuenta, otras, más pausadas, provocaron que se encendieran algunos mecheros. En total, quince temas que se aplaudieron tanto como para merecer dos más: Thunder on the mountain y la famosísima Like a Rolling Stone que, como era de esperar, fue una de las más coreadas por los espectadores. Curiosamente, la banda interpretó en esta ocasión una versión que distaba mucho de la original y, por tanto, más conocida. Eso no importó a un público -ya en pleno éxtasis- para cantarla a gritos, como un himno.

La sonrisa fugaz

Dylan -que llevaba un sombrero blanco adornado con una pluma amarilla y otra negra y un pañuelo negro con lunares al cuello-apenas se separó de su teclado en las dos horas justas que duró el concierto. Como muchos temían, no tocó la guitarra. De vez en cuando sonreía fugazmente, se dirigía a sus músicos con gestos de aprobación y de ánimo e incluso se animó a bailar al ritmo de su música, negando así en cierta forma su fama de reservado. No dio las buenas noches ni las gracias más que con gestos disimulados y sólo se dirigió a su entregadísimo público para presentar a la banda: Stuart Kimball (guitarra), Tony Garnier (bajo y bajo doble), Deny Freeman (guitara), George Receli (batería) y Don Herron (guitarra, banjo, violín y mandolina eléctrica).

El exitoso concierto que Dylan y su banda ofrecieron ayer en Jerez fue totalmente distinto al que solamente hace tres días -el pasado sábado- tuvo lugar en Jaén, la otra cita andaluza de la gira. Las dos horas pasaron en un suspiro y el público -entre los que se encontraban los integrantes de Los Deliqüentes, Kiko Veneno y Enrique Bunbury- quiso más. Pero ya estaba todo hecho, y bien. A la gira del cantante y compositor americano en España solamente le queda ya el concierto de Mérida. Después, proseguirá su periplo por otros países europeos durante el resto del verano.

Teloneando

Pedro Javier Hermosilla -al igual que en el resto de las citas de la gira de Dylan en España excepto en Jaén donde estuvo Quique González- fue el artista elegido como telonero. La hora, demasiado temprana, no acompañó a su recital pero a fuerza de tablas y de disposición el catalán supo cumplir con creces su objetivo.

Salió solo a un escenario en el que todos los instrumentos que después harían vibrar Dylan y su banda estaban tapados con telas negras por lo que el joven artista se vio un poco desangelado. Mientras el público se acomodaba ruidosamente en sus asientos, Pedro Javier Hermosilla -que acompañó ayer por última vez a Dylan- dio las gracias «a todo el equipo porque nos lo hemos pasado muy bien durante esta gira». El catalán aseguró que «ha sido un regalo poder telonear al mestro». Tras cinco breves temas, Hermosilla se retiró entre los aplausos de los espectadores, que supieron comprender su papel, para dar paso al norteamericano.

vmontero@lavozdigital.es
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