Por las manos de Roca, y la fuerza de sus palabras, salían tres décadas de historia. Delante, decenas de ojos de todas las edades. Entre ellos alguna veinteañera como Carla, una estudiante de 21 años, («creo que se llama Miguel Cruz, ¿no?», titubeó la joven sin saber quién era el ponente, pero asegurando que sí estaba siendo «muy interesante»), o Sonsoles Moralejo, de 28 años, que aprovechó sus vacaciones en Cádiz «para acercarse por el Ayuntamiento».
Roca defendió que para cambiar el orden en la línea de sucesión de la monarquía, que premia a los varones sobre las mujeres, no hace falta modificar la Constitución («la no discriminación por razones de sexo ya está recogida como un derecho»). Sin embargo sí se mostró dispuesto a abrir el debate sobre la reformar del Senado, para «abrir un escenario real de debate territorial».
«Hace falta un lugar específico en el que debatir, incluso de forma enérgica, las cuestiones territoriales», defendió Roca. Una cámara que «no sea sólo un reflejo político, sino sobre todo un reflejo territorial», afirmó Roca, que defendió los cambios siempre bajo el paraguas del «consenso».
El silencio en las sillas fue rotundo durante la hora que duró la ponencia del político. Y entonces arrancó una anécdota, que fue un viaje a una de esas noches de 1977 en la que la carta magna robaba el sueño a los constitucionalistas. «Cerca de casa, se me acercó un desconocido». El frío de aquella noche entró en el salón de plenos. Igual que las palabras de aquel «desconocido». «Esta vez tiene que salir bien, me dijo». Y así concluyó Roca, guiñándole un ojo al hastío. «Si estar aburrido es esta situación de normalidad, está muy bien. No olvidemos que la normalidad es algo tristemente anormal en la historia de España».







