El juez entiende que su actuación «imprudente» provocó múltiples equivocaciones en las identificación de las víctimas y mucho dolor a sus familias, pero que no incurrieron en delito alguno, ni siquiera el de falsedad documental continuada del que les acusan la Fiscalía y los abogados de las familias. El Ministerio Público y las familias ya han anunciado que recurrirán la decisión.
Este trabajo chapucero de la misión militar, que el juez define como «ajeno a la mínima seriedad», terminó con el enterramiento equivocado de 30 de los 62 cadáveres, a los que los tres oficiales asignaron en los certificados de defunción y necropsias nombres y apellidos de forma aleatoria, sin disponer para ello del más mínimo dato. Las enormes prisas por repatriar a España los féretros, con un Gobierno en crisis por la contestación popular a la guerra de Irak, desaconsejaron recurrir a métodos certeros y científicos, aunque lentos, como los análisis de ADN de los restos mortales.
Grande-Marlaska reconoce que esta «imprudencia» de los militares provocó meses después «daños morales» a las familias -exhumaciones, intercambio de féretros, incineraciones no deseadas...-, pero que su comportamiento no tiene consecuencia penal alguna porque los errores en los certificados son legalmente «inocuos», así como «intrascendentes» para la función de los documentos, que no era otra que establecer la causa, fecha y lugar de las muertes. El archivo de estas diligencias penales cierra, al menos por ahora, el último de los tres frentes judiciales que depuraba responsabilidades por el siniestro y que las familias y la Fiscalía mantenían abiertos hasta hace sólo tres meses.
Los tribunales han dejado claro que el Yakolev-42, avión viejo y en mal estado de conservación, se estrelló el 26 de mayo de 2003 en Turquía contra una montaña, tras dos intentos de aterrizaje fallidos, debido a la falta de preparación técnica y al cansancio de la tripulación.







