Rafael Romero sujeta una de las tapas de madera de una de las partes de la guitarra, en su taller
Rafael Romero sujeta una de las tapas de madera de una de las partes de la guitarra, en su taller - a.v.
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El último acorde de la provincia

Rafael Romero lleva más de 30 años dando forma y música a la guitarra española

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Los trozos de madera, las herramientas desordenando las mesas, el olor a barniz y el serrín esparcido por los suelos denotan la particularidad de un lugar muy vivido. Desde su pequeño taller, Rafael Romero da forma y música al instrumento por excelencia del flamenco. La producción de un guitarrero artesano está entre las 15 y 20 guitarras al año. Normalmente, menos de una al mes. Cada instrumento requiere un mínimo de 150 horas de trabajo a mano, que comienzan con el corte de la madera y se prolongan a lo largo de meses de selección, liga, ensamble y mucha paciencia.

Entre Cádiz y provincia quedan a penas media decena de artesanos de la guitarra- la mayoría definiéndose como guitarrero, unos pocos atreviéndose con luthier-, muchos de ellos heredando el trabajo de padre a hijo y con una formación musical que no suele envidiar nada a la de sus clientes. Frente al método más industrial, la recompensa -además del precio, una guitarra artesanal es raro que baje de 2.500 euros- es la entrega de la guitarra cara a cara al guitarrista. La sonrisa que devuelve cuando rasga el primer acorde.

Uno de los guitarreros artesanos de Cádiz es Rafael Romero. En su taller, en pleno centro de San Fernando, lo primero que se nota, antes que las herramientas, la música flamenca de fondo o el ruido de la lija que no cesa, es el aroma a ciprés. «Mi afición por la guitarra nació hace más de 30 años de la mano de Mario Melero, mi vecino, que fue quien me transmitió todos los conocimientos necesarios», recuerda emocionado.

La pasión de Romero por este arte se remonta a su más temprana juventud, cuando su padre le regaló su primera guitarra con 16 años y, a partir de ahí, comenzó a sentir inquietud por el oficio. «Mientras Mario estaba fabricándola yo me acerca al taller para ir viendo como avanzaba», añade. Romero, como el mismo se define autodidacta, empezó en su casa, y ahora ya cuenta con su propia tienda, «Lo único que tuve fueron tres meses de curso de carpintería», cuenta.

Según explica el maestro isleño, la elaboración de una guitarra flamenca es «un proceso arduo y largo», que arranca con la selección, aserrado y secado de la madera «al menos diez años antes». A partir de ella se obtienen las tapas armónicas -«la parte más importante de la guitarra», subraya Rafael - que se cuelgan a una altura de unos dos metros para su secado natural, proceso que generalmente dura un año y que sirve para observar el comportamiento de la madera. Hay que conservarla años, a veces décadas, a un 50 % de humedad, mínimo. La mayoría de ellas están hechas de ciprés. Aun así, otros elementos más pequeños precisan maderas más exóticas como el ébano africano o el cedro de Honduras.

La difícil supervivencia del oficio

Las guitarras 'Romero' son instrumentos de alta gama que el maestro isleño vende a 3.500 euros, aunque no son las más caras, ya que, dependiendo de la madera, éstas pueden llegar a alcanzar los 7.000 euros. «Ahora mismo no hay una gran demanda», reconoce. Romero, que nunca trabaja por encargo, recibe los principales pedidos de «personas que vienen directamente a mi taller» desde distintos puntos de la provincia. No obstante, cada vez son más frecuentes los encargos desde Australia, Chile, México, y Estados Unidos, países donde el flamenco es cada vez más popular.

Este artesano gaditano recuerda que Cádiz era número uno en construcción y exportación de guitarras, siendo la provincia cuna del flamenco, pero como el mismo argumenta la tradición centenaria del oficio no se ha conservado de padre a hijo, de ahí la desaparición. El diseño de los instrumentos apenas ha variado en los últimos 200 años, en lo que Romero se refiere. «Han cambiado matices, obviamente sabemos sacar más partido a ciertas calidades del sonido que antes, las máquinas nos dan más precisión», añade.

Rafael aconseja a los recientes artesanos «es un trabajo muy bonito pero como profesión es difícil. Cuesta ganar dinero de este oficio. Este trabajo requiere mucho esfuerzo y sacrificio. Si lo hace es porque te gusta. Hay mucha gente ingrata que no lo valora».

Más de 2600 talleres artesanales de Andalucía combaten la crisis con el mimo que aportan sus productos y mantienen el sector que convierte el arte en más de 10.000 empleos cultivados a fuerza de paciencia y tesón.

En estos talleres, lo raro es encontrar más de tres trabajadores. Habitaciones recónditas aunque de cara al público en las que a veces, más allá de la mesa de trabajo, el único mobiliario es una silla para que el guitarrista se siente y acaricie su nueva pieza. El isleño Rafael Romero es uno de estos maestros, uno de los pocos artesanos de Cádiz sabedores de los secretos que encierra este poderoso instrumento, tan asociado a la tradición cultural española.