Francisco Poyato - PRETÉRITO IMPERFECTO

El barro impoluto Francisco Poyato

Tiene doña María Isabel esa rara facilidad de estar impoluta justo en el centro de un charco

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Tiene doña María Isabel esa rara facilidad de estar impoluta en el centro de un charco. Tiene doña María Isabel esa capacidad de gobernar sin estar, de regir en la distancia de los problemas y de surgir en lisonjera dialéctica ufana en el despropósito. Tiene doña María Isabel el don de la ausencia oportuna a la hora del desgaste y la fortuna de la desmemoria tintada y cómplice que no pasa factura. Han pasado más de dos años con la sensación del vacío, y pareciera que doña María Isabel es una espectadora más como usted y como yo en el anfiteatro del tedio y la permanente incógnita a la espera de que transcurra la acción tras un prólogo interminable. Cuentan los mentideros que ese estilo de política y ambrosía incluso pudiera estar dando rédito: mejor no errar, o al menos simularlo, que no proponer en el riesgo de equivocarnos. Huir del fuego. Esperar a la orilla. Incluso de sus afanes rectorales saca tiempo para plantar batalla en las guerras intestinas del verdadero poder. No aquél que emana del pueblo, de las citas electorales, o de la legítima negociación democrática. Si no el que se desprende del aparato, de la mesa camilla, de la ejecutiva (del verbo ejecutar, mandatado), de la fatídica lista orgánica o la tómbola de los sillones.

Porque cuando pensábamos que doña María Isabel andaba achicando aguas y sellando fallas en el seno de su corte tripartita en Capitulares, descubrimos que batía el cobre en la verdadera pugna interna que ha de cobrarse la herencia de su líder Juan Pablo Durán. Cuitas feudales. Cuando intuíamos que apilaba andamiajes en la espesa chapuza del «expediente Cosmos» —camino de ser uno de los grandes ridículos de un gobierno municipal en Córdoba—, doña María Isabel terciaba en juegos de galgos y podencos lanzando liebres por los trigales socialistas.

Cuando barruntábamos horas y horas de encierro estratégico y papeles emborronados por un paquete de tributos locales en solfa debido al capricho de su socio y coartada de la formación podemita Ganemos Córdoba, doña María Isabel concentraba su mirada en el tablero de la avenida del Aeropuerto, sede del PSOE cordobés, en busca de infantería que dé solvencia a su feudo institucional, mitigando las traiciones afiladas que le han seguido todo este tiempo por su tensa relación con el señor del partido. Curtida en la genealogía del árbol doméstico, conocedora de los códigos del vasallaje y la disciplina, sabe a la perfección que su verdadero golpe maestro empieza por marcar territorio donde pueden hallarse los adversarios más fieros. Cuando creíamos que en su retiro urdía planes de rescate para su escaparate social, roto en cristales tras la dimisión del concejal delegado por su firma para llevar a cabo tan ambicioso programa de ayuda y otros menesteres, nos percatamos de que doña María Isabel andaba conjugando cábalas y formas trapezoidales para cerrar el puzzle de su inmediato futuro político, o al menos blindar el más rabioso presente, minado y complejo, de cara a la cita a dos años vista.

La fanfarria, el ruido, la briega y el contacto están para Pedro, su más fiel servidor, aunque ni él mismo se lo crea. Es por ello que sus recientes palabras sobre la salud del pacto y la alianza, comparándolas con la integridad de una piña o la inquebrantable solidez sin fisuras, revelan sin quererlo (o quién sabe si queriéndolo) el secreto de esta treta en la que un buen escudo como el de Pedro, del que no puede separarse, vale un potosí. Y cuentan esos mismos mentideros que esta estratagema apura igualmente sus réditos en favor de una y en franco detrimento de otro, que incluso estando a varias leguas de cualquier charco, acaba empapado hasta el tuétano.

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