Una de las obras que pueden verse en esta nueva exposición del Museo Picasso
Una de las obras que pueden verse en esta nueva exposición del Museo Picasso - Francis Silva
ARTE

La revolución femenina de los pinceles

El Museo Picasso de Málaga abre una muestra temporal sobre la visión personal de 18 pintoras del surrealismo

MÁLAGAActualizado:

Ellas no son parte de nada. Cada una es una expresión diferente y libre de una sociedad que no contemplaba a una mujer sin subyugar. Es la denuncia expresa de lo establecido. Romper la férrea convencionalidad. Un mensaje de cambio proyectado hacia el futuro. Una revolución. «Alzaron sus pinceles contra lo establecido», explicó este lunes por la mañana Marta Alonso, viceconsejera de Cultura de la Junta de Andalucía, durante la inauguración de la exposición temporal «Somos plenamente libres. Las mujeres artistas y el surrealismo» en el Museo Picasso de Málaga. Son aquellas que no quisieron ser musa, sino protagonistas de un lienzo abierto a la crítica y al derecho a ser iguales a los hombres. Es la historia de 18 artistas que se negaron a ser la mujer niña de niña de André Breton, la musa o la que se ocultaba tras el pseudónimo en una obra maestra.

Tras tres años de montaje, por primera vez en España se muestra «un grupo de creadoras que pareciera que los escribanos se han ocupado de enterrar» –como remarcó el director artístico del Picasso de Málaga, José Lebrero–. Es casi primicia en Europa esta «exploración de las incógnitas tras la revolución de la mujer». «Los cambios han sido radicales. Las mujeres han cambiado la percepción del mundo», apuntó Lebrero. «Es la obra de 18 mujeres que son ellas mismas, que entienden el arte ellas mimas y trabajan de forma diferente», afirmó José Jiménez, comisario de la exposición, quien remarca que las obras expuestas son «el paso de la mujer objeto a sujeto».

Se reconoce en un discurso expositivo de 124 obras. Es una reacción al surrealismo que André Breton alumbró en 1924. Toyen lo dibuja con la cabeza llena de pájaros en un retrato de 1950. Es la reacción a un movimiento que las consideraba un objeto sexual, cuyas concepciones fueron una perturbación. Un desdoblamiento de la identidad entre lo establecido y lo real, como Eileen Agar muestra en «Feliz desayuno» en 1937. Mujeres que enseñan los temas tabús, como la sexualidad gay. Claude Cohun se autorretrata de desnuda cuando todo el mundo sabe que su corazón lo ocupa otra mujer.

Es la trasgresión y la afirmación de la mujer. Es la litografía de su aborto de Frida Khalo o los simbólicos huevos. Recuerdan que la mujer es la traedora de vida, como Leonor Fini en «La guardiana del huevo». «Los autores surrealistas insultaban a las embarazadas», explicó Jiménez, sobre la reivindicación de la mujer como la única que puede dar a vida. No es lo único. Kay Sage muestra la soledad en su máxima dimensión con obras como «Peligro, zona de construcción» de 1940. Un grupo que muestra la sexualidad sin tapujos, como en «Paraíso de los negros» de Toyen. Lugar de libertinaje en una sociedad diferente a la blanca, esa misma cuya superioridad moral es ridiculizada por Maruja Mallo en su homenaje a los atletas negros de 1936, que sonrojaron al nazismo en los Juegos Olímpicos de Berlín.

Expresiones en pinturas, dibujos, esculturas, collages, fotografías y películas. La muestra alberga la primera obra filmada sobre de carácter surrealista. «La concha y el reverendo» de febrero de 1928 es un medio metraje anticlerical de Germaine Dulac, estrenado casi un año antes que «Un perro andaluz» de Luis Buñuel. Son parte de un relato de tormento y amor, presente en la vida de algunas de estas artistas. En «Kermés» de 1928, Maruja Mallo retrata los ángeles de Rafael Alberti, aquel poeta que la enamorara y abandonara. Más cruel es la historia de Nadja, desolada por el dasamor de André Breton pasó sus últimos años en sanatorios mentales hasta morir. Igual que Unica Zürn, que se suicidó tras pasar años lamentado un corazón quedrado en psiquiátricos. «Les fue muy difícil ser ellas mismas y autoafirmarse en lo contrario», remarcó Jiménez.

Leonora Carrington, Valentine Hugo, Dora Maar, Lee Miller, Meret Oppenheim, Ángeles Santos, Dorothea Tanning y Remedios Varo completan este grupo de mujeres que bebieron del surrealismo para crear su propia visión. Aquella en la que eran protagonistas de una historia que arroja luz sobre las sombras de una sumisión histórica y las introduce en una corriente que, en muchos, casos las despreció. «Caí en el surrealismo porque sí. No pregunté si tenía derecho a entrar», aseguró en una entrevista Leonora Carrington.