Chiquito, en su época dorada televisiva
Chiquito, en su época dorada televisiva - ABC

En recuerdo a Chiquito de la Calzada: Hasta siempre, Lucas

«Si Chiquito hubiera nacido en París, hoy sería una figura artística incontestable, al nivel de Louis de Funès o Jacques Tati»

MÁLAGAActualizado:

No existen epifanías como las que uno vive en la juventud. Y una de las más intensas, en mi caso, fue la que viví una noche, con 17 años, frente a la televisión, junto a mi hermano, mientras cambiábamos de canal: de repente, un hombre medio calvo, con una camisa de colores chirriantes, saltó de su asiento. Como sacudido por calambrazos, aquel hombre se contorsionaba en el plató, con la boca atiborrada de palabras de un idioma que parecía nuevo. Mi hermano y yo, lo recuerdo, nos miramos atónitos. ¿Pero cómo, quién, qué? Estábamos recibiendo un golpe del que ya jamás nos repondríamos; estábamos conociendo a Chiquito de la Calzada.

Desde entonces, me convertí en un acólito de la religión de Chiquito. A lo largo de los años, la madurez te va aligerando los vínculos y reordenando las prioridades. Pero mi fanatismo con Chiquito ha permanecido intacto. Hasta el punto de que llegué a defender -aún lo hago hoy, en este momento más que nunca- que el mundo se dividía en dos tipos de personas: las que amaban y las que odiaban a Chiquito.

Si Chiquito hubiera nacido en París, no tengo ninguna duda, hoy sería una figura artística incontestable, al nivel de Louis de Funès o Jacques Tati. Porque pocas veces un artista cómico ha trascendido el humorismo hasta el nivel que lo ha hecho Chiquito. Pienso en su genio y sólo se me ocurren gigantes de la altura de Jerry Lewis, Benny Hill o el propio Tati. Ninguno de ellos, en cualquier caso, consiguió lo que logró Gregorio: la invención de un lenguaje propio. Un idioma personal sobre el que cimentó todo su talento cómico, basado en la tradición de la picaresca española pero remozada con pinceladas surrealistas. Un surrealismo brillante, alegre, colorista, como sus estridentes camisas, como sus movimientos imposibles. En el chiste de Chiquito nunca importó realmente el final: casi todos, de hecho, eran malos. En esto, como en todo, también fue un postmoderno. Porque en el chiste de Chiquito -en esto se parecía a Paco Gandía, otro genio- lo importante era el desarrollo. El relato. Una narración de apariencia deshilvanada, llena de meandros, de chispazos, de fuegos artificiales. Si el chiste propone arquitecturas, Chiquito construía catedrales.

Tuve ocasión de conocerlo. Le propuse escribir su biografía. Lo abordé, me temo, cuando ya era demasiado mayor. Su mujer, Pepita, había fallecido algunos años antes. Lo encontré cansado, como si hubiera tirado la toalla. Sin abandonar en ningún momento la sonrisa, me contestó que no: no tenía ganas, no tenía fuerzas, no tenía mucho más que decir.

Esta noche, abriré una botella de vino y me pondré el DVD de su recopilación de chistes. Es una de las pocas cosas en el mundo que me hacen reír instantáneamente. Ha sido mi terapia, mi linimento milagroso, mi salvación, en no pocos momentos jodidos de mi vida. Hoy necesito esos chistes más que nunca.

Que la pradera te sea leve, pecador.

Daniel Ruiz García