INMIGRACIÓN

Los migrantes que no cabían en el CIE de Motril denuncian que el lunes les 'liberarán' en Madrid

Veinte subsaharianos se encuentran en un albergue de Granada sin dinero, sin papeles y sin información institucional

Un inmigrante pasa el tiempo en el albergue de Granada
Un inmigrante pasa el tiempo en el albergue de Granada - L. R.

Llegaron hace unos días montados en balsa. Les recogieron y les soltaron 72 horas más tarde por falta de espacio en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Motril. Los que tenían dinero se marcharon. El resto han sido reubicados de forma provisional por la Cruz Roja, que ni confirma ni desmiente el futuro que aguarda a los muchachos. A veinte les ha tocado quedarse en Granada, en el albergue del Estadio de la Juventud gestionado por la Junta de Andalucía. Su estancia será breve: el lunes los liberarán definitivamente en Madrid. Con lo puesto; sin dinero, sin papeles, sin trabajo, sin contactos. «It's not easy», repiten ellos.

Llueve el sol de sábado al mediodía. Unos pasean por los alrededores del albuergue, otros ven la televisión, esa ventana, sin enterarse de nada. Cristina Fernández, estudiante de Traducción e Interpretación de la UGR, se encarga de convertir el francés en castellano y viceversa. Es el idioma que les permite entenderse entre ellos, pues son de todas partes, cada cual con su lengua nativa. No saben cómo, pero quieren hablar.

Mohamed Kamara va apagando el tono de voz conforme recuerda. Tardó seis meses en llegar a Marruecos desde Mauritania. Aunque era pescador en su país, trabajaba de albañil allá por donde pasaba para costearse el viaje. La policía marroquí prendió fuego a sus pertenencias cuando estaba en Nador, «à côté del Gurugú». El número de teléfono de su casa es ahora ceniza, ha perdido el último contacto con su madre. 

Vivían en el monte hasta que un día reunieron dinero para comprar un bote y juntos se embarcaron a su suerte. Les recogieron en Motril doce horas de miedo después. No cabían en el CIE. Y el lunes les llevarán a Madrid, aunque nadie les ha hablado de los procedimientos para regularizar su situación. Quedarán libres, todo lo libres que pueden ser sin dinero. «Es difícil para nosotros», insiste Jean Kourouma. Casi todos se van a comer. Kourouma y su amigo de Burkina Faso prefieren seguir hablando. Se conocieron en el camino. Juntos han recorrido a pie la mayor parte: «Walking, walking». Comparten vereda, continente y razón de la huida: no querían casarse y se vieron obligados a escapar de sus pueblos para no ser asesinados. Huelga hablar de su mirada.

Dos personas regentan el albergue público. Una cuenta billetes. Aseguran que para hacer fotografías es necesario un permiso que tardará tres semanas en tramitarse, con suerte. La última vez que un periódico se introdujo en el albergue hubo problemas. Inturrumpen la entrevista con los muchachos y advierten con llamar a la Cruz Roja porque ellos [los viajeros de azabache] «no pueden hacer entrevistas». Efectivamente. Un responsable de Cruz Roja, al otro lado del teléfono, asegura que los chicos –mayores de edad– no pueden ser entrevistados en virtud de la Ley de Protección de Datos. Niega la desinformación absoluta que denuncian sus protegidos. Hora de aceptar la invitación e irse.

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