Aristóteles Moreno - PERDONEN LAS MOLESTIAS

Síndrome circular Aristóteles Moreno

Como el mito de Penélope, los concejales destejen por la noche la ciudad que sus predecesores tejían durante el día

Lo dijo el presidente del Consejo del Movimiento Ciudadano sin paños calientes en una entrevista en estas páginas. Los concejales no se leen los papeles. Toman su acta capitular, ocupan su asiento en el pleno y empiezan a tejer la ciudad desde cero. Todos los acuerdos firmados por consenso en corporaciones anteriores, los planes estratégicos diseñados, los pactos de ciudad solemnemente sellados dormitan en algún mueble bar del Ayuntamiento.

Córdoba rehace constantemente su futuro al modo en que Penélope destejía por la noche lo que tejía durante el día. Ahí tienen, sin ir más lejos, el Plan del Río. Fue dibujado en 2002 como una de las operaciones urbanísticas más transformadoras de la urbe. Sobre el papel, el proyecto irradiaba luz. Todo está escrito en un documento que lograba desplazar el centro de gravedad urbano hacia los márgenes olvidados del Guadalquivir.

La península de Miraflores, la urbanización del Cordel de Écija, el Museo de Bellas Artes, el C4 , el memorable Palacio del Sur, los jardines de Caballerizas y, en definitiva, una arcadia feliz entre norias árabes y vegetación de ribera. Lo que se tejió entonces con tenacidad y sentido estratégico de futuro se ha ido destejiendo día a día por los sucesivos equipos de gobierno. De aquel traje impecable que se bordó en 2002 quedan algunos jirones, unas cuantos solares vacíos y un puñado de jaramagos.

Si usted le pregunta mañana a alguno de los concejales de la nueva Corporación por el contenido de aquel plan especial aprobado por unanimidad en pleno es probable que ninguno de ellos pueda poner en pie un argumento coherente. «No tienen la humildad de leerse los papeles», declaró Juan Andrés de Gracia en una entrevista que, en cierta manera, debiera ser lectura obligada en Capitulares.

Consecuentemente, Córdoba está condenada a reinventarse cada cuatro años. No producto de su imparable dinamismo creativo sino como resultado de su amnesia cíclica. De tal modo que vamos construyendo una ciudad en carpetas y archivadores al tiempo que la vamos desordenando sobre el terreno. Fíjense si no en aquella quimera de centro logístico internacional en que íbamos a convertir el municipio durante el tercer milenio. La de documentos y planes estratégicos que deben habitar en los cajones municipales poniendo en valor las ventajas indiscutibles de ser nudo de comunicaciones.

Todo ese trabajo ingente es hoy chatarra literaria en algún lugar de Capitulares. Exactamente igual que los planes de movilidad que, como las golondrinas, aparecen cada legislatura para colgar sus nidos en cualquier armario del Ayuntamiento. De tal forma que llega un buen día, abres un cajón y te encuentras el viejo proyecto de peatonalización del casco histórico que tenías previsto llevar al próximo pleno.

No puedes estar reabriendo los debates de forma permanente ni diseñando nuevos modelos de ciudad, lamentó el presidente del Consejo Ciudadano, como quien está preso de un síndrome circular infinito. Lo diría previsiblemente por el enigma del aeropuerto. Ese misterio irresuelto que regresa de las tinieblas cada vez que hay elecciones en el horizonte. ¿Nuevo o reformado? ¿Pasajeros o mercancías? ¿Vuelos chárter o líneas regulares?

Algo parecido nos pasó con la Capitalidad Cultural. Un proyecto colectivo de altos vuelos que fue aparcado en cualquier estantería del Ayuntamiento. ¿Tradición o futuro? ¿Cultura o turismo? Qué más da. Usted redacte papeles, los encuaderna y deposítelos en una vitrina del Consistorio. Que ya vendrá la nueva Corporación para hacerse las grandes preguntas existenciales de siempre.

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