Puente Romano de Córdoba
Puente Romano de Córdoba - Valerio Merino
EL NORTE DEL SUR

El puente viejo que se hizo joven

Hace diez años, el paso fluvial se sometió a su última intervención quirúrgica

CÓRDOBAActualizado:

El primero que ha de estar sorprendido es el propio Juan Cuenca. Hace diez años, qué rápido pasa el tiempo, apenas nadie, ni siquiera los ideadores de la reforma, daba por hecho que los ciudadanos fueran a aceptar la restauración del Puente Romano y de su entorno sin armar demasiado ruido, que lo hubo y mucho al principio. Córdoba, que parecía y parece que no tiene otra cosa en la que entretenerse, se enredó entonces en un debate bien crispado acerca del granito rosa, el material que el autor de la remodelación eligió para el piso de la pasarela fluvial más antigua del casco urbano. A la ciudad le crecieron trincheras en las que los francotiradores del patrimonio disparaban, a veces con tino y con razón, contra la Junta de Andalucía, que pagó y bien cara la obra que vendió hace una década a la opinión pública, en las postrimerías del «rosismo», como su inversión más importante en la capital.

Paco García comandó la operación como delegado de Obras Públicas cuando Durán —sí, el del sobrino— aún tenía por demostrar la capacidad intelectual que aquél le atribuyó cuando glosó sus méritos para ponerse al frente del PSOE provincial y mientras Rosa Aguilar, aún alcaldesa, departía a la sombra de la Puerta del Puente en obras con un Manuel Chaves también ya en horas bajas, aunque no tanto como ahora: los peones les daban los últimos retoques a la obra para que luciera bien en la visita oficial y ellos a lo suyo, amarrando el salto de la hoy consejera de Justicia a la otra orilla de la izquierda, que no era la del Guadalquivir que señala La Calahorra sino la del socialismo amigo.

En realidad, la intervención acertada en el Puente Romano fue la que cerró un tiempo que no ha vuelto y en el que parecía que el dinero —sobre todo el público, que era gratis según la tesis del momento— nunca iba a faltarle a la gente en los bolsillos. Aparte del C4, o como se llame, la Administración autonómica ha hecho desde entonces poco más de lo que pueda presumir tanto: ahí está, por ejemplo, la inconclusa Ronda Norte, el proyecto que competía en protagonismo, aunque de lejos, con la puesta en valor, por emplear el término en boga en 2008, de la pasarela construida bajo la dominación de los romanos.

Y al César lo que es del César: la pasarela milenaria remozada, peatonal desde unos años antes de que la Junta le metiera mano, se ha convertido en un punto de atracción turística espléndido, un sitio en el que les da gusto pasear tanto a los visitantes como a los cordobeses. Acontecimientos históricos o multitudinarios en mayor o menor medida han alcanzado en este último decenio un lucimiento que ni de lejos habrían obtenido si Juan Cuenca y su proyecto —«Transformaciones» era el título del dossier con el que ganó el concurso del ideas— hubieran fracasado: ahí han estado, por ejemplo la Magna Mariana de junio de 2015 o las últimas ediciones del Mercado Medieval o de la Media Maratón, con sus últimos metros sobre el granito rosa y su meta en la Puerta del Puente.