Entrada a la calle Marroquíes
Entrada a la calle Marroquíes - EFE
LA REGADERA

Patios de Córdoba de 2018: Marroquíes, 6

Nos recibe el pozo, vecino zurdo del primer vecino y una de las pocas persianas de cortina veneciana verde de la casa

CÓRDOBAActualizado:

Me asomo a estas páginas con mi regadera y lo hago visitando uno de los más reconocidos dentro y fuera de la ciudad. Lo elegí último porque es cercano a primeras veces. El primero que visité, la calle a la que fue a vivir la amiga que primero se independizó, una de las primeras acuarelas que pinté. Primeras veces, en fin, que acompañan al paseo. Y cruzo el umbral de esta casa de vecinos sabiendo que al final veré el original de mi acuarela, el añil de puertas y ventanas paseando por el empedrado bajo el sol salpicado de fresa de la buganvilla más cordobesa e internacional de nuestros patios. Entro en Marroquíes, 6.

Desde la entrada se la ve dueña del nudo y caminos de la casa, pero nos recibe el pozo, vecino zurdo del primer vecino y una de las pocas persianas de cortina veneciana verde de la casa, ensalzando siempre las gitanillas fresa que anuncian el color principal del patio. Seguimos claveles, elegantes y gitanillas con compases de Carlos Cano al aroma de un taller de esencias que perfuma, recóndito, nuestro pasar. A su puerta nos recibe una falsa orquídea, belleza de corte rústico, nos conducen a ella «bocas de dragón», los «conejitos» que hacíamos hablar cuando éramos niños y hablo por primera vez con mis compañeros de visita.

Salpican nuestro camino hortensias, margaritas blancas y gerveras, saludan, pendientes de la reina. Escoltados por calas blancas y pensamientos llegamos a la antigua cocina común de la casa. Llevamos semanas hablando de flores, pero los tiestos de este patio son hermosos por sí mismos. Sus texturas bien merecen una mirada. Más allá, flores y de fondo, añil.

Y más verde, más vecinos, más macetas, más empedrado y más añil. Pasado el arco y la fuente, que nadie diga que en un patio no encontró refresco, nos recoge bajo su manto la buganvilla que ya custodiará, salvo algún claro, nuestro paseo hasta el final.

Y el añil se asombra y luce. Y platos y llaves y puertas, celosías y ventanas, parras, surfinias y helechos. Cortinas, sillas y sombras. Botijos, puerta y claveles. Lloronas, piedras, rejas y color. Y un altarcito con margaritas. Menudeo y «costilla de Adán», cactus y más buganvilla. Allá un ojo de buey y un empezar a no querer irse. Y más flores sobre paredes blancas y más cerca la puerta. Pero me encuentran de nuevo los compañeros de visita y hablando de flores y escritos, de patios, acentos y Córdoba, casi sin darme cuenta, estoy cruzando los Jardines de Colón, llevando conmigo las visitas, apuntes y líneas de estos días hasta la próxima estación.