José Calvo Poyato - Desde Simblia

Palacio de Congresos José Calvo Poyato

Córdoba sigue sin Palacio de Congresos. Es decir, continúa perdiendo oportunidades de impulsar formas de turismo

Fachada principal del Palacio de Congresos de Córdoba cerrada a cal y canto
Fachada principal del Palacio de Congresos de Córdoba cerrada a cal y canto

Hoy son pocos los que albergan alguna duda acerca de que el turismo es uno de los principales sectores económicos de Córdoba, desde luego es el que más empleo genera, después de que los tractores, cosechadoras, vibradores, vareadoras y otras maquinarias agrícolas sustituyeran a segadores, aceituneros y jornaleros en general.

Siendo tierra de interior, ese turismo tiene que fundamentarse en planteamientos diferentes a los de sol y playa para atraer a los visitantes y en ese terreno está claro que sus atractivos monumentales son un poderoso imán. Los datos han puesto de manifiesto que está magníficamente situada entre las ciudades que en España ostentan el título de ser Patrimonio de la Humanidad, por encima de destinos como Toledo, Salamanca o Santiago de Compostela.

Pero otro de los fundamentos de ese turismo, que no se asienta en el sol y la playa, es el de congresos. Hay ciudades que teniendo un atractivo cultural extraordinario, caso de Granada donde la Alhambra ejerce un papel parecido al de la Mezquita en Córdoba, son ciudades de congresos de la más diversa índole.

Una de las razones es que para ello cuentan con un monumental Palacio de Congresos -era tiempo de excesos y decidieron alicatarlo con un costosísimo mármol verde- que puede albergar toda clase de citas en sus 42.000 metros cuadrados distribuidos en 7 plantas y un auditorio con capacidad para dos mil personas. Otro tanto puede decirse del Palacio de Congresos de Málaga -su revestimiento trae a la mente el del costosísimo Museo Guggenheim de Bilbao- que ha acogido en los últimos seis años más de un centenar de ferias y otros mil eventos más en sus más de 60.000 metros cuadrados de los que 17.000 están destinados zonas de exposición y cuenta con dos grandes auditorios con capacidades para 900 y 600 personas respectivamente, además de otras dieciocho salas para reuniones y encuentros.

En Córdoba, sin embargo, llevamos, como en tantas otras cosas, esperando el Palacio de Congresos mucho tiempo. Sin él, la ciudad pierde un sinfín de oportunidades y, como señalaba el domingo Rafael Ruiz, lo de la calle Torrijos es una cadena de chapuzas, impulsado como una contraprogramación, orquestada por Izquierda Unida cuando manejaba la Consejería de Turismo, para contrarrestar la iniciativa del anterior alcalde al plantear la construcción de un Centro de Convenciones en el Parque Joyero. Eso de las contraprogramaciones es arma arrojadiza en cualquier tiempo y por cualquiera con mando en plaza.

Salvando las distancia se me viene a la cabeza la que trató de impulsar el duque de Alba en 1939, cuando ejercía de agente franquista en Londres -no podía tener la consideración de embajador porque el gobierno británico no había reconocido todavía al que Franco presidía en Burgos- para dar al traste con la creación de un Comité Internacional para el Salvamento del Tesoro Artístico Español, que había impulsado el muralista José María Sert. ¡Qué cosas!

Después de año y medio con el edificio de Torrijos empantanado por culpa de una obra que ha quedado paralizada porque más que la baja ofertada por la constructora a la que se le adjudicó la contrata, lo que era temeraria era la decisión de adjudicársela, como señalaron los técnicos en su momento, Córdoba sigue sin Palacio de Congresos. Es decir, continúa perdiendo oportunidades de impulsar formas de turismo. Eso en una ciudad que ofrece muchos atractivos para atraer congresos por su monumentalidad, aunque los museos municipales estén cerrados los días de gran afluencia.

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