Rafael Aguilar - EL NORTE DEL SUR

Ocho mil zapatillas Rafael Aguilar

Saben que no van a ganar pero les da igual: la batalla que libran en la Media Maratón de mañana es con ellos mismos

ELLOS se entienden. Y no necesitan ni les importa que nadie les entienda. Hubo un momento en sus vidas en el que decidieron que no había otro camino posible que el de mirar hacia adelante, que no había horizonte más anhelado que el que está por conquistar. Y siempre hay uno en el que fijarse y que ponerse como meta. Por eso hacen lo que hacen, sin más razones que las propias y sin más esfuerzo que al que se han habituado. Madrugan y trasnochan para entrenar, saben que dormir les alimenta, comen cuatro o cinco veces al día, no beben apenas alcohol, abominan del tabaco, miran el mapa del mundo y ya se están viendo levantando las manos en Central Park, estirando delante de la Puerta de Brandeburgo o cruzando una avenida de Tokio. Sí, son ellos, la legión de corredores que ya ha empezado a tomar la ciudad en el fin de semana en el que se celebra la prueba reina del calendario atlético cordobés.

Los ocho mil deportistas, la mayoría de ellos meros aficionados, que esta noche atestarán las pizzerías del Centro para cargarse de hidratos y que mañana a las diez saldrán en estampida feliz —y pasada por agua— desde Conde de Vallellano hacia el Puente de San Rafael llevan meses soñando con el pistoletazo de salida de la Media Maratón de Córdoba. Muchas veces han escuchado que solo forman parte de una moda pasajera que pronto dará paso otras tendencias. Ellos callan y siguen a lo suyo. No contestan porque la réplica equivaldría a revelar una parte sustancial de su mundo más íntimo y preciado: no exageran cuando dicen que no hay nada que les reencuentre más consigo mismos que hacer kilómetros por el simple placer de hacerlos.

Las barras de las cafeterías del Vial Norte y los mesones del extrarradio en los que quedan los sábados y los domingos poco después de que el sol se levante son testigos de sus confesiones: el cuarentón del fondo del local defiende que cuando se calza las zapatillas siente que tiene la ciudad ante sí para redescubrirla zancada a zancada llueva, truene o haga mucho calor; el joven recién incorporado a la disciplina cita las endorfinas y se confiesa adicto a ellas tanto como el cocainómano al polvo blanco sin el que no sabe mantenerse despierto y alerta; el hombre ya bien maduro con varias maratones a sus espaldas tercia que no conoce otro modo más sugerente de pasearse por el mundo que a la suave velocidad de su trote.

Ahora están en capilla. Esta noche les costará conciliar el sueño, el cosquilleo de los nervios les carcomerá hasta que amanezca y vean que es por fin la hora de ajustarse sus mallas y sus ceñidas prendas de abrigo impermeables. Saben que no van a ganar y no les importa, porque la batalla que libran, hoy y siempre, es con ellos mismos. Falta muy poco para que crucen la meta de la Puerta del Puente y se cuelguen su medalla: entonces sabrán de nuevo que son unos campeones aunque hayan llegado los penúltimos.

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