TESTIMONIO

«No reconocía a mi niña»

Una madre de la Escuela de Padres de la Asociación Renacer relata el calvario de su hija bebedora

Una bebida de alta graduación en un botellón
Una bebida de alta graduación en un botellón - ARCHIVO

Llamó por teléfono a su hija para recordarle que era la hora que habían convenido para recogerla y quien atendió el móvil no fue ella. Fue uno de sus amigos. «Ella no está en condiciones de hablar. Si quieren, vengan a buscarla. No se tiene en pie». El muchacho del otro lado del auricular, cuya voz delataba cierta dosis de embriaguez, supo encontrar la sensatez suficiente para ser sincero con los padres de la chica que yacía a su lado, sobre un empedrado de los alrededores de la Cuesta del Bailío, casi inconsciente.

Laura -valga este nombre ficticio para preservar la identidad de la protagonista de esta historia real acontecida hace en torno a un año y medio- no era Laura en el momento en el que sus progenitores llegaron al lugar en el que se encontraba: la ropa que su madre había planchado esa tarde para que su hija, que entonces tenía trece años, saliera de paseo, la protegía en parte del frío que desprendía el suelo de la intemperie a esa primera hora de la noche. «Mi niña, porque era una niña y lo sigue siendo, estaba bebida, tirada en la calle rodeada de sus amigos, que intentaban reanimarla, y al principio ni siquiera respondía a nuestras voces. Estaba ida», recuerda la madre de la adolescente.

Nunca olvidará el día en el que despidió a media tarde a su chiquilla para que se diera una vuelta con su pandilla y, al cabo de las horas, la llevó a casa en un estado de semiinconsciencia. «Nadie está preparado para eso: es algo a lo que piensas que nunca te vas a tener a enfrentar», reflexiona. Porque Laura estaba borracha. A sus trece añitos casi recién cumplidos. Apenas había puesto un pie en primero de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) y ya se había familiarizado con el alcohol y con el tabaco. «Esa noche, la que ocurrió todo, pensamos en llevarla al hospital, pero vimos que poco a poco respondía y decidimos irnos a casa: estuvo tres días mala en su habitación, comiendo poco y sin levantarse casi de la cama. No la reconocía», relata la progenitora de la chica.

La causa de todo había sido la ingesta de alcohol en unas cantidades para las que su organismo no estaba preparado y, además, en muy poco tiempo -menos de dos horas-. «Ese día nos estalló en la cara lo que su padre y yo veníamos sospechando desde hacía unos meses, porque llevábamos tiempo notando un cambio de actitud en nuestra hija: de repente empezó a comportarse de una manera muy reservada, cambió su modo de vestir, olía a tabaco y empezamos también a sospechar que se estaba aficionando a beber con sus amigos», indica la progenitora.

La respuesta inmediata de los padres de Laura fue buscar una solución al problema etílico incipiente que padecía la menor de sus dos descendientes. «Como teníamos amistad con una persona que estaba muy metida en la asociación Renacer, nos pusimos en sus manos: ella fue quien nos aconsejó que entrásemos en la escuela de padres y así lo hicimos», apostilla la mujer. Los asistentes a los citados talleres aprenden a comportarse ante situaciones conflictivas de los adolescentes, a saber interesarse por ellos sin invadir su terreno. «Creo que lo más importante es que nos dan recursos para enfrentarnos a las dos grandes amenazas de nuestros hijos, que son las redes sociales y el alcohol», expone.

El resultado está a la vista: tras un bache académico que le llevó a repetir el primer curso de ESO, Laura estudia ya en segundo curso con un rendimiento satisfactorio y se ha integrado en una agencia de modelos a la que dedica gran parte de su tiempo libre. Un tiempo libre en el que no hay ya ni una gota de alcohol.

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