JOSÉ LUQUE VELASCO - DESDE MI RINCÓN

Montilla, mi pueblo

Agricultores, bodegueros, hosteleros y consumidores tienen que aliarse para conseguir que el vino sea una realidad fuerte

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La columna de mi admirado Javier Tafur me estimula a escribir sobre algo que llevo en el alma. Titulada «El vino que se va», el escritor lamenta que se ponga en duda el futuro del vino de Montilla. Prudentemente recomienda ser estrictos en la elaboración y distribución de nuestros caldos, respondiendo así a las palabras del Delegado de Agricultura cuando afirma que «la viña no es sostenible» algo que no puedo entender.

Porque sostenible es aquello que se puede mantener durante largo tiempo sin que se agote y sin causar daño al medio ambiente. Y dudar que nuestros vinos puedan hacer daño al medio ambiente o que sean un recurso limitado es algo incomprensible. Si esas manifestaciones están referidas a la falta de rentabilidad, creo que convendría apuntar bien el disparo para no errar de diana.

Algo sé, aunque no mucho, de lo que hablo. En primer lugar porque soy de Montilla, tierra donde eché mis raíces. De muy niño y hasta bien entrados los años, las viñas, la vendimia y la bodega de crianza fue algo familiar y tema de conversación frecuente con una de las personas más exigentes en hermanar rentabilidad y calidad. Mi padre me enseñó que la clave de la rentabilidad del vino de Montilla está en no echar muchos números a la inversión necesaria para que el vino nuevo de nuestra tierra pueda convertirse en un producto joya, algo reservado a muy pocos vinos. Convencido también que esos vinos deben llegar al consumidor en las mejores condiciones de sabor y de ambiente.

Una copa de Montilla, en una bodega rodeada de arboleda y flores, oliendo su interior a albero y flor de vino, servida en catavino, acompañado de buenos amigos y mejor conversación, es un valor impagable. El vino de Montilla es muy exigente. Los negocios exigentes, decía, no son adecuados para los especuladores. Y para que las cosas sean así en Montilla, deben implicarse agricultores, bodegueros, hosteleros y consumidores. Hay que rodear nuestro vino de un ambiente especial. Donde haya borrachos, donde exista suciedad o donde el ruido impida la conversación, nuestro vino no estará cómodo y los consumidores no lo valoraran en su justa medida. Lo bueno, lo especial y lo único, suele ser exigente. El vino de Montilla es todo eso y, además, rentable.

Decía nuestro paisano Séneca que «el vino lava nuestras inquietudes, enjuaga el alma hasta el fondo y asegura la curación de la tristeza». ¿Cómo vamos a dudar de la sostenibilidad del vino de Montilla? Mientras haya inquietud, mientras necesitemos recuperar valores y en tanto la preocupación sea algo común en las personas, el buen vino estará presente en nuestras vidas. Por eso, salvo que Hacienda lo impida, no dudo del futuro del gran vino de mi pueblo, Montilla.