Francisco J. Poyato - Pretérito Imperfecto

La violinista de la Puerta del Puente Francisco J. Poyato

El comunismo sinfónico y la Córdoba cainita mandan a Málaga a nuestra mejor cicerona

Klara Gomboc es una dulce violinista eslovena que durante más de cinco años les ha dado la bienvenida a Córdoba a miles y miles de turistas —cuando no autóctonos— bajo la Puerta del Puente con su preciso trabajo musical y su discreta elegancia. La belleza eslava tiene esa cautivadora serenidad que le permite blindarse del paso del tiempo. Nadie diría al verla enérgica armando el brazo sobre su doble alma de viento y madera que ya frisara la treintena; y a más de uno y dos se le ha escapado en el relato del instante aquello de «cómo toca la chiquilla». Lo que Klara demostró, sin quererlo, con el paso de los días es que no hacían falta ni «burrocracia» ni siete millones de euros de arquitectura oficial egocéntrica para saludar como un gran anfitrión a todos aquellos visitantes que deambulaban una tarde plácida por la Ribera con la frescura del Guadalquivir en su espalda y la imponente Mezquita-Catedral al pronto horizonte. Klara acariciaba las cuerdas de su instrumento. El río Grande ponía la melodía de fondo mientras atardecía. Y el resto llegaba a través de la propia imaginación. Y así, la violinista de la Puerta del Puente, en un sencillo y magistral acto, se fue colando en el paisaje urbano, en el paraje de lo cotidiano, en las fotografías del móvil, en la ceremonia de la costumbre y hasta en las redes sociales con una legión de seguidores sentenciando con su pulgar levantado. Klara había reinventado el impostado arco real con el triunfo de la música. Y con el mármol y los muros de Cuenca —no excelsos como los descritos a pocos pasos por don Luis de Góngora— y la sinuosa bajada de la plaza, se había improvisado un anfiteatro como el mejor hall para decirle al viajero que las piedras en Córdoba son notas de una interminable sinfonía patrimonial que por mucho que se escuche nunca suena igual.

Durante estos cinco años Klara se ha autoproducido varios discos y logró un permiso municipal para actuar en la Puerta del Puente Romano ante la laguna normativa que existía entonces en la ciudad sobre los músicos callejeros. Esto es, fue honrada y honesta... y no «tiró pa’lante» como diría aquél. Si tienen ocasión de visitar su perfil de Facebook podrán comprobar cuánto le costaba al año regalarnos —también los «buskets» pagan impuestos— sus interpretaciones magistrales.

Y como suele pasar siempre en la ciudad de los falsos discretos, a poco que el exalcalde Nieto firmó el decreto, surgió el interés por lo que durante años fue un vano sin arte ni atrezzo en el que nadie había reparado. Saben que en Córdoba, al primero que saca la cabeza le arrea el «rey de bastos» o le cercan con los contubernios mentecatos y sus «democráticas» componendas. Algo así como el perro del hortelano de Lope de Vega: que ni come, ni deja comer. El «cozgobierno» articuló una ordenanza de músicos en la calle, cuestión no exenta de polémicas en otras ciudades con más tradición y más artistas en el asfalto que en un casting televisivo. Alguien debía haber tenido un mal recuerdo de Eslovenia, o no era fan de la magia de los stradivarius..., o simplemente se apuntó al carro ganador de las siglas políticas de turno y vio el negocio hecho y el cielo abierto. Y ahí que nuestro Ayuntamiento, incapaz de regularizar parcelaciones ilegales, grandes bazares chinos, batallones de veladores o negocios clandestinos que arden, se puso manos a la obra para meter en cintura a... los músicos callejeros, en un claro ejemplo de comunismo sinfónico: 23 licencias y a rotar por todos los sitios autorizados como buenos marxistas de viento y cuerda.

Klara Gomboc se marcha a Málaga y para devolverle todo lo que nos ha dado, el Real Círculo de la Amistad ha organizado un concierto-homenaje cuya recaudación voluntaria será el insuficiente pago de una ciudad tremendamente cruel, insensible y cainita, pese a su inocente aspecto de discreta.

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