José Javier Amorós - PASAR EL RATO

Lucena y el poeta

Que el poeta Margarit quiera irse de España no le parece a uno que vaya a influir en la historia de nuestro país

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La muy noble, la muy culta, la muy admirable ciudad de Lucena le ha dedicado una calle al poeta catalán Joan Margarit, al que no todo el mundo conoce. En Lucena, sí. Por la calle. Margarit es también arquitecto prestigioso, y eso ayuda mucho a cultivar el verso con desahogo. Hace nueve años le concedieron el Premio Nacional de Poesía, que no dice uno que no lo mereciera. También le dieron el año pasado el Premio Nobel a Bob Dylan, mientras el sublime, el inconmensurable, el oceánico Miguel Delibes se murió sin que lo hubieran llamado a Estocolmo. Porque no cantaba. Y las calles, ¿acaso se merecen las calles?

En un reportaje publicado recientemente en un periódico de difusión nacional, ese hombre que es calle viviente de Lucena hizo unas declaraciones dispépticas sobre la cosa de la independencia. Dijo que él votaría sí en el referéndum de la republiqueta. Y debió parecerle poco, porque añadió: «Yo me quiero ir de España, pero no de mis amigos». Eso es, muy probablemente, poesía, y sin que llegue a justificar un premio, puede ser el origen de un poema. Confiemos en que sepa dominarse. Ya es suficiente con manifestar públicamente su desprecio poético por el PP, el PSOE «con Felipe González al frente» y el Ejército. Llama la atención que no aprovechase para rechazar también a la Iglesia católica, será por la Conferencia Episcopal catalana y la abadía de Montserrat. Y ya en el éxtasis lírico, concluyó: «Lo único bueno que me dio el franquismo es el castellano. Lo demás es miserable». ¿Y qué es lo demás para un poeta, si ya posee lo máximo, que es la lengua? La ideología no tiene por qué estar reñida con las buenas maneras. Aunque es probable que el independentismo no sea una ideología, sino una alteración del sistema emocional de los poetas de firmes convicciones.

Margarit escribe, por ejemplo: «El Regina de Roma y su fachada / severa y gris, fascista, de granito». O: «La ciudad gris, como la policía». Que son concesiones de la inteligencia lesionada al flequillo independentista de la CUP. Que el poeta Margarit quiera irse de España no le parece a uno que vaya a influir en la historia de nuestro país. Ni siquiera en la historia de la literatura. Buen viaje, maestro. Sí sorprende que atribuya al franquismo nada menos que haberle dado el bien de la lengua, cuando un poeta de ese nivel conoce que nuestro poderoso idioma viene de mucho más atrás. Hasta Franco sabía eso. A menos que quiera dar a entender que bajo el dominio de Puigdemont y predecesores, hoy no sabría castellano. Cuando a un poeta que no es tan grande como él cree le ponen una calle en territorio hostil, la sensibilidad de que presume exige, al menos, matizar el desprecio. Me quiero ir de España, sí, pero exceptuando la ciudad de Lucena. Y amarrando aún más, también me quedo en la avenida que en el Plan Parcial Oeste 1-Dehesa de la Villa tuvo el acierto de dedicarme su Ayuntamiento. De ese pedacito de España no me voy, y me esforzaré por estar a la altura de tanto honor, y pediré a los vecinos que me dejen ir de vez en cuando a sacar brillo al letrero con mi nombre. Y escribiré un poema -sí, sí, insisto- a la ciudad y a la calle, si es que no lo he hecho todavía. Algo así, quizás: «Oh, gran Lucena, / más grande aún / por gloria de mi nombre». Hay muchísimos más poetas, incluso grandes poetas, que calles. No se puede complacer a todos. Únicamente a los mejores. Lucena sabrá, que fue conocida como la «Ciudad de los poetas».