Rafael Ángel Aguilar Sánchez - El NOrte del Sur

Jamón, jamón Rafael Ángel Aguilar Sánchez

Un hombre sin más posesiones que unas bolsas de plástico calma su hambre antigua y animal en el centro de la ciudad

Un hombre sin nada más en este mundo que una mochila muy sucia, muy gastada y muy pobre que le da bocados con una ansiedad de primate a un hueso de jamón en un pasaje del centro de la ciudad y le pone una cara sobrecogedora de hambre antiguo y de miseria animal al tiempo que vivimos. Un mono desnudo en la confluencia de dos avenidas principales por más que lleve puesta una chaqueta enguatada sacada del fondo de algún contenedor quizás cercano a los escaparates que anuncian las novedades de la «midseason», un náufrago ya sin esperanza ninguna de que alguien le rescate del pozo profundo y oscuro en el que se ha borrado el rastro de la vida digna que alguna vez tuvo y que ahora, nadie sabe cuánto tiempo después de que la gente le llamara por su nombre y por sus apellidos, se lleva a sus manos negras de inmundicia y soledad los restos de una «delicatessen».

Empieza a hacer frío, por fin ya no es verano, y él se guarece en la penumbra discreta de una travesía entre calles bien transitadas para acercarse a la boca las migajas de la misma sociedad que lo ignora con la prisa ciega de una fiera que por fin ha conseguido una presa y que se llena el estómago a colmillazo limpio en un cubil en el que ya hay con qué alimentarse tras lunas de carencias. Si al jamón le queda poca carne son esos ojos huidizos de bípedo asustado y ausente los que la buscan con frenesí en el banco del pasaje y luego son un par de uñas largas y violentas como pezuñas o garras las que raspan los resquicios del desecho con la fuerza de una navaja de artesano para convertirlo en un festín.

Ese hombre, esa efigie de la miseria, de la aproximación terrible de la especie a la que pertecemos a sus orígenes y a sus instintos básicos de mamífero que tiene que alimentarse y buscar techo si hace frío o si llueve. Media la mañana, los bares apagan las máquinas de café y desenchufan las tostadoras para poner a la vista las cañas y las tapas del aperitivo, bulle el Centro con el fin de semana ya a las puertas y con el viernes por estrenar sus mejores horas del ocio y la holganza, suenan los cláxones de los turismos que se apiñan tras el semáforo y el paso de peatones del Instituto Góngora, algunos carteles publicitarios del mobiliario urbano anuncian ya la lotería de Navidad y los lotes de mantecados y de chacinas para las Fiestas, llega hasta la calle la charla entre clase y clase de los escolares adolescentes y el timbre de sus móviles. Y ese hombre, o lo que queda de él, sigue allí, en el rincón del pasaje en el que él cree que nadie lo ve: derramado sin compañía ninguna encima de un par de cartones húmedos, marcando su territorio con bolsas de plástico en las que caben todas sus pertenencias, con su hueso de jamón ya sin rastro ninguno de restos de nada comestible. Solo. Callado. Con una extraña mirada satisfecha, como si estuviera haciendo una digestión feliz.

Ese hombre. Y nosotros.

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