Luis Miranda - VERSO SUELTO

No comparecer Luis Miranda

Se multiplican los hoteles: hace tiempo que los cordobeses dejaron el corazón de su ciudad para los turistas

Primero tomaron las calles de la Judería y los alrededores de la Mezquita-Catedral. Bien es verdad que lo hicieron por incomparecencia de los cordobeses, que se habían ido marchando con los años, atraídos por la comodidad de las casas con cochera, de los pisos nuevos y andado el tiempo de las urbanizaciones con piscina. Hace mucho tiempo que el que fue corazón de Córdoba ya es sobre todo de los turistas, que sus pocos bares son para prefabricados menús de visitantes de autocar y guía y no para desayunos de gente que hace un alto en el trabajo. No pasa nada, es un sino de los tiempos, un camino que han recorrido muchas ciudades en las que su patrimonio es tan alto que quienes las habitan se las entregan del todo a los turistas, para que hagan vida en sus piedras, ocupen las terrazas y dejen de paso el dinero que no llega por otros caminos. Quizá se volvieron cómodos, se hicieron vulgares y dejaron de apreciar lo que allí tenían o tal vez vendieron lo suyo al mejor postor.

Ahora también los turistas vivirán allí, y otra vez por incomparecencia. Cada dos por tres hay noticias de casas antiguas que se han vendido a empresas que construirán hoteles, casi siempre de lujo. Habrá quien envidie la suerte de los que puedan pagar una estancia en el Palecete de los Burgos, la imponente casa que se alza junto al Museo Arqueológico, y vivir en régimen de cinco estrellas, con vistas a la plaza que no por cualquier cosa se llamaría de los Paraísos, despertados no por los coches que apenas llegan, sino por las campanas de la Catedral y alguna conversación en la calle. Se unirá a tantos hoteles, pequeños y grandes, pues parece que el goce de esta Córdoba de calles estrechas, cal en las paredes y armonía en el silencio es tan alto que sólo se puede disfrutar por unos pocos días y si uno no es de la ciudad.

Desde hace poco es posible dormir a pocos metros del Cristo de los Faroles y de la Virgen de los Dolores, que mejor protección para la cabecera no cabe. Hace muchos años que el sector del turismo llora para que haya más pernoctaciones y las cifras no son para entusiasmarse, pero algo debe de haber cuando desde hace unos años no dejan de hacerse hoteles nuevos y los de cinco estrellas casi siempre están llenos. Es difícil de explicar en una ciudad con un gran monumento asombroso, sí, pero con Medina Azahara mal comunicada y poca oferta complementaria; a lo mejor es que el turista ha dejado de meterse en todos los museos posibles y busca cosas que no están en las guías.

Para estas cosas viene bien la crisis y los recortes generales en las Administraciones, para que ninguna tenga la tentación de quedarse las casas. Hace diez u once años, con la caja en toda la pompa de impuestos de casas flamantes y plusvalías por venta de pisos, y también con la famosa Capitalidad Cultural en el horizonte de la retórica, seguro que alguien habría tenido la idea de que la Casa Colomera, esencia pura de la plaza de Las Tendillas al lado del Palacio del Cine, fuese un contenedor cultural. Con todos sus avíos: un proyecto rimbombante, un pastizal de dinero público y un estupendo vacío años después, y ahí están para demostrarlo la Casa Góngora y la Sala Orive, tan magníficas como infrautilizadas; el bochornoso avión cultural y el Salón Victoria que después de alguna exposición y algún belén municipal ha quedado para tomar tapas creativas, comprar queso y pasar una noche de copas.

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