Rafael González - LA CERA QUE ARDE

La incineradora Rafael González

El humo del cemento no nos deja ver el bosque

Parece ser que asistimos a otro punto de fricción en el cogobierno municipal, ente este que es municipal pero no cogobierno, según se desprende de los diferentes desencuentros que se suceden desde el inicio del mandato progresista —segundo ya de la era contemporánea— y que ha recalado en el Asland o como se llama ahora, Cosmos. Si Carl Sagan levantara la cabeza y viera a qué ha llegado el Cosmos nos mete la colección entera en VHS por ahí mismo. Como quiera que ando desconectado a un 50 por ciento de la actualidad local por prescripción facultativa, me faltan los suficientes datos como para someter a un sesudo análisis toda esta movida. Pero como estamos en Córdoba, emplearé la misma materia gris en el tema que nuestros munícipes en los suyos, que en realidad son los nuestros.

Quiero decir, que yo abro un periódico local y veo «cementera», «Cosmos», «Velá» o «salmorejo» y entro en estado de bucle. De ahí el consejo médico de salir a ver mundo y evitar asociaciones hosteleras, plataformas ciudadanas y fumar porros en la Corredera. Esto último no lo hago, pero el bucle cordobés es psicotrópico y tiene los mismos efectos que un canuto. El caso es que, como digo, existe un cruce de informes de dos realidades diferentes que confluyen en una misma —la cuarta dimensión espaciotemporal de Urbanismo y una Consejería Transversal del Lince Ibérico— que dilucidan si la incineradora debe quedarse, transformarse, mudarse a una parcela o reconvertirla en centro cosmopoético. Hay un problema en el tipo de residuos que allí se queman, a saber: si son residuos fósiles o es biomasa. Creo que la biomasa es la cagada de la paloma, más o menos. Quemar fósiles no estaría mal, en cualquier caso, porque eso pondría a Córdoba en el siglo XXI: si empezamos a tirar de momias, retablos y dinosaurios acomodados tenemos combustible para el próximo siglo. El propio asunto Cosmos es un asunto fosilizado ya.

De todas maneras ya tenemos una incineradora perfecta en el Alcázar: la que se ha pulido unos 80.000 euros en el material del espectáculo de luz y sonido que el cogobierno se cargó y que ahora recupera de gratis para la ciudadanía y el ciudadanío. De gratis, dicen. Como si los 80.000 euros los fuera a pagar Pedro García de su bolsillo. Ordenadores sumergidos, bombillas led con verdina, ordenadores extraviados, proyectores arrumbados, ordenadores con polvo, fuentes cibernéticas en stand-by y demás desperfectos que convierten al monumento en la precisa incineradora del erario público por mucho que la gestión sea privada. El proceso para llegar de nuevo a esa gestión ha sido tan cordobés y tan de cogobierno que eso merecería una cera aparte y monográfica, y no sé si mi médico me autorizará a escribirla.

El humo de Cosmos no nos deja ver el bosque. O sí. Ahí hacen cemento, parece. El mismo material que tienen en su cara los que encienden la incineradora de los despropósitos y colocan a esta ciudad en el continuo bucle de no ir hacia ningún lado.

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