Rafael Ruiz - CRÓNICAS DE PEGOLAND

Hijos voladores

Esto no es una broma. Los niños se rompen cuando son lanzados como armas arrojadizas

Rafael Ruiz
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Esto no va de broma. Ni quiero escribir una palabra que suponga un prejuicio. Es decir, un juicio previo. Para las cosas policiales, está la Policía. Para las judiciales, los juzgados. Y, en muchos casos, hay quien patina haciendo de abogado de guardia sin serlo. Yo no lo soy y por eso me gustaría medir cada palabra. No por miedo sino por respeto. Desconozco las interioridades del caso de Juana Rivas pero reconozco como cierto el criterio de la jueza Victoria Rosell: «Si estuviera en mi casa, la acompañaría al juzgado a pedir unas medidas cautelares. La vía de hecho le puede salir cara». Las pancartas y los programas de televisión visualizan el problema, cierto, pero el espectáculo envenena. Nadie va a cumplir condena por nadie cuando se acaban los gritos y empiezan las diligencias. No se puede escapar siempre. No todo el tiempo.

Ayer mismo, una joven cordobesa de la que no debemos decir el nombre ni reproducir su rostro denunció que su aún marido retiene a sus tres hijos para imponerle unas condiciones de visita en el proceso de divorcio. Insisto en los prejuicios. En estas cosas de las noticias deberíamos trabajar con hechos y, hasta el momento, no existe una resolución del caso, como han confirmado los profesionales que defienden la posición de la denunciante. Ella asegura haber recibido violencia psicológica, cosa que tampoco se puede acreditar judicialmente aunque se hayan mostrado ciertas pruebas documentales. No es equidistancia -porque agresor y agredida nunca están en el mismo plano moral- sino prudencia. Entiendo que haya quien desenfunde en el primer momento. Permitan que, para disponer de una opinión formada, haya quien opte por escuchar versiones alternativas o, en su defecto, por disponer de algo más que el primer relato de cargos.

Sí sé algo. Los hijos no vuelan. Por tanto, utilizarlos como arma arrojadiza cuando una relación se rompe es muy mala idea. Con toda probabilidad, acaben rotos. Y cerca hemos tenido casos trágicos, brutales. Es el extremo, sí. Hay hombres violentos. Punto y sin peros. Existe un sistema creado a su imagen y semejanza que se desmorona cada día y la resultante es otra cosa más plena, mejor. La legalidad ha ido, en algunos casos, por delante de la realidad. La legislación sobre divorcios y custodias se ha vertebrado durante muchos años sobre una suerte de discriminación positiva hacia la parte económicamente más débil, que es la mujer.

Hoy existe un debate social sobre si es posible reequilibrar esa balanza. Si en un plano de igualdad, es posible que dos adultos que han tenido una vida común asuman como compartida la crianza de un hijo. Cada vez que ocurren este tipo de casos, esos razonamientos de que es viable tratar a las personas como mayores de edad -si es que demuestran serlo- dan cuatro pasos atrás. Y todos los que intentan dejar a sus hijos fuera de la pista de aterrizaje pierden también.

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