Luis Miranda - Verso suelto

La exposición cardiosaludable Luis Miranda

Arte para «runners»: Antonio del Castillo en la muestra que se hace uno mismo gastando suelas

Se acabó la contemplación pasiva del arte y el criar lorzas a pie quieto delante de un cuadro. Los que estén en la dicotomía de visitar una exposición o hacer un poco de senderismo con sus zapatillas, sus mallas y su camiseta naranja reflectante ahora tendrán tiempo para las dos cosas a la vez. ¿No es verdad que después de mucho rato en una sala los músculos se entumecen y hasta los ojos se acostumbran a la penumbra y las luces artificiales?Ya es posible la exposición cardiosaludable, el ejercicio mientras se aprecian los cromatismos, los escorzos y la emoción que los pinceles dejaron en el lienzo.

Al bueno de Antonio del Castillo, que quizá nunca imaginara otro sitio que los retablos y los muros de las iglesias para sus cuadros de claroscuros y barroca hondura tridentina, ahora lo recuerdan en su ciudad con una muestra digna de envolverse en las explicaciones pomposas y metafísicas que quieren dotar de seriedad a cierto arte contemporáneo. No sé qué hace cualquiera de estos gurús de la creación actual que no escribe una sesuda teoría y enmarca la cosa en los patrones y paradojas de la actual sociedad de consumo: Antonio del Castillo en versión de sírvase usted mismo en la exposición que se monta el espectador con las suelas de los zapatos y las ganas de pasear por Córdoba. Arte para «runners».

Bien visto tampoco hay que pedir a las instituciones que hagan lo que no hacen muchas empresas privadas. Seguro que muchos de los que se plantan en el Prado o en el Thyssen para ver exposiciones monográficas en unos pocos cientos de metros cuadrados, allí, tan cómodos, después van al supermercado y tienen que recorrer los estantes, perderse entre los desodorantes cuando lo que buscan es cera depilatoria, maldecir al que puso la leche de soja donde antes estaban los tentadores embutidos de pavo y al rato pelearse con el gatillo del surtidor de gasolina sin carné de manipulador de líquidos inflamables y permufándose de petróleo los zapatos al mínimo descuido.

Si no supiera que las Administraciones no miran el importe de los cheques cuando se trata de cultura, pensaría que es una exposición «low cost» de tiempos de crisis, a mitad de camino entre la improvisación, la falta de voluntad política y la ausencia de un lugar para hacer una muestra como Dios manda, pero en realidad todo esto se hace por el bien mayor de comprender al pintor y su contexto. Las obras no se han movido de los lugares en que estaban hace diez años y en que seguirán después. Adiós a las ataduras temporales.

Tiene hasta su poquito de aventura, una especie de gymkhana por lo artístico y lo sacro, que consiste en verse la exposición en toda una arte sin dejarse ni una obra. Se puede empezar en la Catedral y luego seguir por la ruta de las iglesias, compaginar los horarios de apertura que en algunas no son los más generosos del mundo, sortear las inevitables misas y llegar corriendo para no ver cómo cierran en la cara la última puerta. Si acaso peca de poco ambiciosa, porque el digno remate habría sido pasar por el lugar en que se custodian sus excelentes dibujos, aquellos que pertenecen a la colección del Museo de Bellas Artes y no se pueden mostrar. Toma metáfora de la falta de espacios para la exposición artística. ¿Para qué queremos utilizar el C4 si en Córdoba ya hemos inventado la exposición modelo Ikea?

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