Al fondo, los letrados de la Audiencia Provincial Rubio y Alejandre
Al fondo, los letrados de la Audiencia Provincial Rubio y Alejandre - VALERIO MERINO
TRIBUNALES

Cuando las paredes hablan de Justicia

Magistrados, letrados y funcionarios relatan sus vivencias en el edificio que dejan tras 43 años para mudarse a Noreña

CÓRDOBAActualizado:

«Era diciembre de 1974, tenía 17 años, el edificio estaba recién inaugurado. Un profesor nos conducía a la Audiencia a presenciar un juicio. Para mí, un bisoño estudiante de pueblo que emprendía sus primeros vuelos en la capital, aquello me supuso un verdadero impacto emocional». Así habla a ABC el presidente de la Audiencia Provincial de Córdoba, Francisco Sánchez Zamorano. La escenografía le cautivó. «Los magistrados al fondo, hieráticos, con sus togas negras; los guardias; el acusado esposado; el público expectante; la solemnidad; el silencio... Desde entonces ya empezó a rondarme la idea de hacerme juez». Pero lo que jamás podía imaginar el joven de entonces era que después de los años conseguiría sacar la carrera de Derecho, hacerse juez, llegar a ser magistrado de la Audiencia Provincial, presidirla y «ser la persona que echase la llave al edificio para cerrarlo definitivamente».

De eso han pasado 43 años. De hecho, este es el magistrado que más tiempo ha pasado entre estos muros de la vetusta Audiencia Provincial de Córdoba. En la sección segunda de la Audiencia, otro magistrado es el segundo más antiguo en este edificio: «Yo tuve que hacer la mili y el presidente de la Audiencia no, por eso él entró un año antes que yo», bromea el magistrado José María Magaña a la hora de explicar a ABC quién es el que más tiempo lleva en la Audiencia Provincial de Córdoba. El magistrado Magaña lamenta que no se podrá llevar todos los libros por falta de espacio en el nuevo despacho «de diseño» de la Ciudad de la Justicia. Durante estas tres décadas ha comprobado que «es peor clientela la de las partes civiles de los divorcios y separaciones, porque en ellos sale lo peor del ser humano; el egoísmo personal, aprendes mucho humanamente... la sociedad no quiere ver a delincuentes pero hay más honor en estas partes que se ven abocados a esto que en los otros asuntos de familia», comenta el juez Magaña mientras embalan los efectos de su despacho. «A una persona que la voy a condenar no me va a decir piropos, pero no te ven como un enemigo sino como parte del sistema. Los jueces tenemos que saber dónde estamos», defiende el presidente de la Sección Segunda de la Audiencia Provincial.

«Los divorcios y separaciones sacan lo peor del ser humano. La sociedad no quiere ver a delincuentes, pero hay más honor en partes que se ven abocados a eso que en asuntos de familia»

Este edificio de la plaza de la Constitución no les trae especialmente malos recuerdos o sensaciones de angustia a magistrados como Magaña. «Nunca he recibido amenazas individuales pero sí es cierto que hubo una época en la que un psicópata nos enviaba cartas desde la cárcel. A los jueces nos amenazaba con matarnos y a las magistradas les aseguraba que las violaría. Era general, nos llegaba a todos y sabíamos que era este psicópata, condenado por asesinato. Se trataba de un preso que sólo necesitaba reconocimiento público». Tanto es así, relata el presidente de la Sección Segunda de la Audiencia Provincial, que «un día me llamaron de prisión para traerlo a declarar y él dijo que vendría desnudo, que se negaba a vestirse, y yo les dije: «pues tráiganlo así, desnudo», cuenta como una de las anécdotas en su carrera.

Si eso fue hace más de una década este magistrado recuerda cómo fue el juicio a uno de los presos más peligrosos de España, Joao Da Silva, más recientemente. Condenado ya por asesinar a su pareja, este FIES, rodeado de duras medidas de seguridad, se mantuvo tranquilo durante la celebración del juicio con jurado popular que duró una semana. Pese a la mirada desafiante que lanzó al presidente del jurado cuando le declararon culpable, nada hacía pensar que cuando fue trasladado desde Córdoba a la prisión de El Puerto de Santa María le cortaría el cuello a un compañero de celda.

«Un psicópata nos enviaba cartas desde la cárcel. A los jueces nos amenazaba con matarnos y a las magistradas les aseguraba que las violaría»

Uno de los que mejor conocen este Audiencia Provincial es el exsecretario coordinador de la Administración de Justicia, Pedro Alejandre. Este letrado de la Administración de Justicia llegó en el año 1970 con sólo 14 años y de meritorio al edificio de Justicia en la calle Góngora. Esa época coincidió con sus inicios, para cuatro años más tarde vivir su madurez profesional en el edificio de la Audiencia. «A esta casa (referida a la plaza de la Constitución) tuvimos que hacer el traslado, lo mismo que ahora pero entonces sólo había Audiencia, Fiscalía y seis juzgados. No había más en todo Córdoba», recuerda. «En los años 70, la quinta y la sexta planta estaba en obras, en bruto. Hubo también problemas de expurgo, de espacio...salvando las incidencias que hay con los cambios también se vivieron cuando llegaron aquí. Lo vivimos también con ilusión», añade.

Por aquel entonces en la Audiencia de la Transición estaba Eduardo Baena, padre del último presidente de la Audiencia. «Estuve trabajando con él, así como con los magistrados Gregorio Peralta Cobo o Diego Palacios. Además, con otros dos magistrados que se fueron al Supremo, Gumersindo Burgos Perez de Andrade e Ignacio Sierra». En este contexto, el Juzgado de Guardia estaba donde ha estado el servicio de informática, y los forenses donde estaba Instrucción 8. «Yo he sido más civilista que penalista. He trabajado en todas las plantas de este edificio excepto en la segunda y cuarta. En Civil y Familia, en Instrucción 3 y pasado por todos los cuerpos. También he pasado nueve años fuera de Córdoba», explica Alejandre.

En la época de penal había muchos juicios mediáticos, comenta, como el que se juzgó tras caerse parte de la pared contigua al El Corte Inglés y mató a una señora en el pasaje. «Hubo homicidios en tres establecimientos de hostelería… muy seguidos o el caso de un niño que murió machacado por una máquina de mover ladrillos en Espejo. Los padres llegaron cuando se levantaba el cadáver; fue una escena dantesca», relata. Con estos recuerdos, el que fuera secretario coordinador durante 11 años en Córdoba ha sido precisamente quien ha seguido el proyecto de Noreña desde la primera piedra. «Ha sido muy ilusionante pero con momentos en los que pensábamos que no era posible. Casi tiramos la toalla hasta que hubo aval... Estoy seguro que las incidencias en el nuevo edificio se solucionarán. Ése será también el final de mi carrera profesional», concluye Alejandre.

La vida desde los pasillos de la Audiencia

Siempre en los pasillos del edificio, Inmaculada Ramos llegó hace más de 20 años al edificio de la Audiencia Provincial como trabajadora del servicio de limpieza. Con su sonrisa, sin dejar atrás la mopa y la balleta, ha sido la encargada de dejar impolutos los enormes corredores del edificio. «Incluso más de una pelea de los asistentes a los juicios de por la tarde me ha pillado en medio», reconoce en la entrevista a ABC. «En estos más de 20 años he visto y oído de todo en los pasillos; absolutamente de todo», admite sin entrar al detalle, con máxima discreción. «Tantos años aquí dentro seguro que vamos a echar de menos este edificio; hemos vivido muchos momentos aquí y vamos a llorar un poquito cuando nos marchemos esta semana», admite Ramos, quien ya recoge todo entre cajas para marcharse a Noreña.

Juicio a «El cordobés»

«El Cordobés» fue detenido en mayo del 92, cuando tomaba unas copas con amigos en los Olivos Borrachos. Una vez puesto en libertad, a la salida de los calabozos «de los que salió como un toro» le esperaba el micrófono de Nieves Herrero. «Dijo de todo, desde que le habían desnudado durante su estancia en los calabozos de la Policía Local hasta el trato vejatorio al que había sido sometido». Este caso lo recuerda el magistrado José María Morillo-Velarde como uno de los más mediáticos que pasaron por sus manos. Finalmente, el diestro palmeño fue condenado por injurias a 100.000 pesetas. En sus declaraciones, el diestro empleó los términos «hienas, víboras, sinvergüenzas, criminales o asquerosos» cuando definió a los agentes que le detuvieron. Esta fue una de las anécdotas a las que se refiere este magistrado, experto en sistemas informáticos y miembro de la comisión de tecnología del CGPJ. Lleva más de 25 años en el Palacio de Justicia y realizó una digitalización pionera de su juzgado. Lo que era una relación de causas escritas en un papel -con la información que le proporcionaba un fiscal- se convirtió en una forma de llevar el juzgado al día.

El juicio a Bretón, el caso más terrible

El decano de los letrados de la Administración de Justicia en el viejo edificio es Carlos Rubio. Ahora al frente de la Sección 3ª de la Audiencia Provincial lleva 27 años en este enclave de Plaza de la Constitución. Llegó el 1 de octubre del año 1990. «De esa época quedamos originalmente de esa sección el presidente de la Audiencia, una tramitadora -que continua en la Sección Tercera- y yo. Todo ha cambiado mucho desde entonces», afirma. A este letrado el juicio de Bretón le marcó mucho, aunque no fue el único. «Fue una vista oral muy mediática y dura. Era la primera vez que veíamos algo tan terrible aquí. He visto que después que en la prensa suele aparecer mucho; no sé si abrió la caja de Pandora este tío» porque 23 niños han muerto a manos de sus padres. «O antes estaba escondida y no aparecía en la prensa o le han salido imitadores», insiste. En estas tres décadas asistiendo a juicios, Rubio ha visto de todo, desde gente «ingeniosa a la hora de defenderse con argumentos peregrinos con los que el tribunal ha tenido que contener la risa y poner cara de póker a ataques de celos, infundados o no, que acaban en crimen». Rubio recuerda que ha habido sentencias muy interesantes. La del caso Bretón redactada por el juez Pedro Vela, «fue una sentencia súper amarrada, una gran sentencia desde el punto de vista penal». Rubio presume de compañeros y destaca que desde Córdoba han salido juristas como Juan Ramón Verdugo, Pedro Vela o Eduardo Baena.

El caso de la banda de la Nariz

El magistrado José María Magaña llegó en 1989 a Córdoba -era juez de instrucción de Sevilla- para inaugurar los juzgados de lo Penal, y fue en 1999 cuando llegó a la Audiencia. «Cuando se jubiló Antonio Puebla pedí la plaza de presidente de la sección segunda que estoy en la plaza en la que estoy actualmente», dice. Lo más mediático fue el primer jurado de la época, el juicio de la «banda de la nariz» del atraco al Santander. «No tenía miedo, era más lo que venía con ellos porque que si era un grupo anarquista, en plan de seguridad que lo que se vivió. Fue un juicio largo y duro. Veintitantos días; muchísimos testigos, más de un centenar, familiares de las víctimas. Ahora ya los juicios con jurado por la última jurisprudencia se quedan más aislados pero lo nuestro fueron seis delitos: primero fue el atraco al Santander, después una detención ilegal, un asalto con arma para conseguir coches en las Tendillas, (utilización ilegítima de vehículo a motor), luego cogieron al vigilante de seguridad y se lo llevaron y por último el asesinato de dos policías locales en un tiroteo». Magaña explica que en esa etapa «no miraba los bajos del coche». «Estuve en San Sebastián en la época dura dura, y eso sí era vivir entre medidas de autoprotección». afirma. La intranquilidad del caso del Santander era la dirección del juicio con tantísimas partes, con muchas acusaciones particulares, defensas letrados, durante tantos días. «Yo soy muy jurista y fue una experiencia única», asegura.

Los «frikis» de los juicios

Manuel Rodríguez lleva 15 años como ordenanza en la planta primera del edificio de la Audiencia Provincial de Córdoba. Este hombre es, seguramente uno de los primeros en llegar por la mañana y de los últimos en abandonar el barco. Este funcionario cuenta como una de las anécdotas más curiosas que hay gente que se desvive por asistir a un juicio. «Hubo dos en el juicio a Bretón que cuando yo abría las puertas a las 7.30 de la mañana ya estaban sentados en las escaleras de la Audiencia; no se perdieron ni una sesión del juicio». «Eran un hombre joven y una mujer mayor, sin relación entre ellos, que no sé como pero ahí estuvieron incluso el día en el que se leyó el veredicto; no entiendo cómo se pudieron enterar porque no fue a una hora corriente», recuerda sorprendido. Manuel asegura que ha sido feliz en este espacio que ahora dejan, que el trato con magistrados, fiscales y resto de funcionarios siempre ha sido «magnífico antes, y ahora». Este funcionario que ayuda a que «todo marche bien» se muda también a Noreña.

Anécdotas del juez decano

El decano de los jueces, Miguel Ángel Pareja, llegó en el año 2008 a este edificio de la Audiencia Provincial en un ambiente magnífico. «Recuerdo que los compañeros se portaron muy bien conmigo; el primero que conocí fue al titular de Penal 2, José Carlos Romero Roa. Me ayudó altruistamente en todo lo que necesité igual que Inmaculada Povedano, la jueza de Penal 4, así como la magistrada Ascensión que ahora está en Menores», dice. «Llegué a un sitio donde nunca había estado como juez de lo Penal, pero no fue ningún trauma. Además, el ambiente en el juzgado que dejó José Antonio Carnerero también en la Audiencia era fantástico, un equipo genial», explica. «Una década en este edificio ha sido mucho tiempo, pero llegamos a un edificio mejor», dice. Como anécdota, revela que el secretario y él mismo se quedaron encerrados en el ascensor, «minutos que nos resultaron eternos». «Salimos entre dos pisos. Y aún recuerdo una anécdota a una señora mayor que decía: «Mírala qué bien va con la batita negra». Se refería a la toga de juez.

«Aprendí una profesión y lecciones de vida»

Pedro Alejandre es letrado de la Administración de Justicia, doctor y profesor de Derecho Procesal. Empezó a trabajar en el año 70 en el Palacio de Justicia en la calle Góngora junto a Gran Capitán. Entró como aprendiz, como meritorio del oficio, y como no había fotocopiadora pues se copiaba a máquina. «Todo eso era para prepararte para la oposición», recuerda con nostalgia. «Aprendí una profesión y lecciones de vida», explica. Asegura que tiene una añoranza tremenda de ese edificio junto a una casa de socorro. Ahí además conoció a su esposa que llegó también como meritoria y ahora trabaja también en un juzgado. Llevan 36 años casados. «Ahí me dieron todo, en esta casa», señala. Entró en 1974, lleva 44 años de servicio y 3 de meritorio. Un total de 47 años al servicio de la Justicia. Como anécdotas, este letrado de la Administración de Justicia recuerda cómo en una orden de embargo, un señor aseguraba que no podía pagar la pensión a sus hijos porque no tenía ningún bien. «Pero le miré la muñeca y le vi un reloj de alta gama, y le dije, pues entonces deme ese reloj, y me lo entregó en pago de esa pensión alimenticia», comenta. Para Pedro Alejandre este cambio a la nueva sede de Noreña será el final de su carrera profesional: «He sido además de Letrado de la Administración de Justicia, profesor de la Universidad de Derecho Procesal y es lo que más valoro, poder enseñar lo que sé».