Calle Cruz Conde de Córdoba
Calle Cruz Conde de Córdoba - ABC
CRÓNICAS DE PEGOLAND

Cruz Conde, esa calle de Córdoba de la que usted me habla

Todo el mundo tiene planes para esa pasarela por la que desfila la ciudad toda

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Vamos a decirlo sin rodeos. Me encanta Cruz Conde. No el nombre, la calle. Paso todos los días, vivo muy cerca y es donde me paro a tomar las cañas. Por así decirlo, es una extensión del salón de mi casa pero con un señor que pone zarzuela en una maleta, un payaso que toca el xilófono y las piernas de las muchachas que van al Bambú Club a hincarse un par de Jägermeister. Cruz Conde, pronúnciese Cruzconde, es donde la gente pasa y no se para. Que es lo mismo que decir que es un lugar donde se puede chequear el estado de ánimo de las cosas que acontecen en la rúa. Un rato acodado en la Platería (saludos a todos los parroquianos), una caña en la puerta del Abuelo (hip hip, hurra) o un desayuno en Marta (del jeringo como una de las bellas artes) y se le toma el pulso a la cosa mejor que tres sondeos electorales y dos informes económicos.

Las Tendillas son un coñazo porque el Ayuntamiento siempre tiene un trasto nuevo que colocar en el centro para que los vecinos nos quedemos sin plaza. Gondomar y Concepción no tienen ya casi bares y, disculpen, una calle sin barras es un muermo, un sitio para que los de Inditex sigan ganando dinero. Además, las aglomeraciones me agobian. Gran Capitán es tan grande que no me hallo y, aparte, el Bulevar es feo para perro gracias a las aportaciones de la modernidad oficial. Bueno para que llevar al niño a que aprenda a subirse a la bicicleta pero malo para todo lo demás. Y Ronda de los Tejares es todo ruido y cosas. Ajetreo. Autobuses. Humo.

Cruzconde, esa calle de la que ustedes hablan, es mi calle. No sé si me explico. Todo el mundo tiene planes para ella aunque no la pise de forma que los usuarios con derecho a roce, los cotidianos, asistimos un tanto anodados a tanto ruido y tanta furia. Y, aunque ustedes no lo crean, hay vecinos. Un grupo de incondicionales, fanáticos de intramuros, que siguen allí a pesar de todos los intentos de este u otros ayuntamientos para que se muden a Noreña.

Los que paran en Casa Miguel, que no es Cruzconde pero casi. Los de Oxfam, los de Cruz Roja, los de Acnur, los de tienes un minutillo que te haga socio de la oenegé. Los que te ofrecen un blanqueamiento dental, un tratamiento facial. Anabel Calero, que regenta Cruzconde 12, con éxito de crítica y público. Las señoras que van al Círculo, las señoras que vienen del Círculo y paran en el Piedra. Los de la Orquesta que se fueron y se llevaron la música a Alfonso XIII. Los chinos de las carcasas, los de Apple, los que mangan carcasas. Los loteros y las que venden bragas de diseño. La señora que ofrece toallitas para gafas del Mercadona a cambio de la voluntad. El que toca el violín. Todos esos son Cruzconde, el paisanaje de Córdoba que desfila por esa pasarela donde un Cruz Conde, por cierto, abrió el primer pub nocturno. Dios lo bendiga por ello. Qué mal repartidos están los méritos.