Médicos del Hospital de La Arruzafa en Tanzania
Médicos del Hospital de La Arruzafa en Tanzania - Archivo
Pasar el rato

Corazón de médico

En medicina, el humanismo ha sido siempre preocupación por aliviar el dolor ajeno

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Es probable que la sabiduría sea una forma de amor al prójimo. Por el grado más alto del conocimiento se llega a la comprensión y a la compasión. Esto es, a los demás. El gran filósofo pragmatista americano, George Herbert Mead, fundador de la psicología social -mi ilustre colega de los lunes abecedarios, el psicólogo lucentino Mario Flores, me corregirá si yerro-, señalaba que el recién nacido se incorpora al escalafón provisto de dos únicos instintos: chupar y llorar. Lo demás, con todas las matizaciones que se quiera, tiene que ponerlo la sociedad, y se llama educación. Con los instintos se sobrevive, nada más. Pero se educa para convivir, para conllevar, para compartir. En las aulas debería enseñarse, fundamentalmente, la generosidad, la abnegación, el humanismo, que es la humanidad del hombre. Eso es más importante que el programa de cualquier asignatura. Eso es enseñar a sentir, a sentir a los otros como semejantes, educar en la compasión sin condiciones.

Hacer el bien es comportarse generosamente, dando a los demás de lo nuestro, de nuestros bienes materiales y morales. Nuestro tiempo y nuestros conocimientos. Darse uno mismo, esa es la generosidad. Y para hacer eso hay que poseerse, lo que no es tan sencillo como parece, ya que nadie da lo que no tiene. La verdadera generosidad no tiene conciencia de sí. En cuanto la generosidad se ve por el practicante, queda convertida en narcisismo. Una madre quiere a su hijo lo mismo que respira, porque no podría no hacerlo. No es un mérito, no es un favor que la madre hace al hijo. Es algo que está puesto en el oficio de madre, y no podría no quererlo, porque esa es su razón de ser.

La medicina es una profesión fundamentada en la generosidad, en el altruismo, en la compasión. O eso, o se reduce a rutina de funcionario, a quien el desinterés por el enfermo va desposeyendo de todo valor. Uno tiene por la medicina, lo ha escrito otras veces, una querencia y una devoción de hipocondríaco, y valora en ella tanto la técnica como el corazón y la paciencia, si es que ese conjunto puede médicamente disociarse. Esa profesión, ejercida cabalmente, influye en quienes la ejercen, hasta convertirse en una manera de ser hombre o mujer. En medicina, el humanismo ha sido siempre preocupación por aliviar el dolor ajeno. El domingo pasado leí en este periódico un notable reportaje de Rafael A. Aguilar sobre la gran labor de médicos cordobeses en países de África y Centroamérica. Llevan a los más necesitados de ayuda su tiempo, sus saberes y su corazón, que lo dirige todo. Conozco a dos de ellos, Carlos Pera y Antonio Hidalgo, y los admiro a todos. El profesor Pera, el gran cirujano, confiesa 82 años, que es una coquetería de hombre que camina hacia la eterna juventud, porque sabe que se vive en tanto que se vive en otros y para otros. Y Antonio Hidalgo, brillante oftalmólogo del Hospital La Arruzafa, que lleva doce años yendo a África a ayudar, dice que esa actividad le emociona y la ha incorporado a su modo de ser médico.

El mundo se las apañaría muy bien si no existiera la mayoría de los hombres y las mujeres que nos gobiernan y nos desalientan. Pero sería más triste y más oscuro sin gente como Carlos Pera y Antonio Hidalgo. O sin José Gómez Barbadillo, del Hospital Reina Sofía, y José María Sáez Bravo, del Hospital San Juan de Dios, que dedican su corazón y su ciencia a quienes tienen que conformarse con sobrevivir.