NATI GAVIRA - PUERTA GIRATORIA

Conciliación NATI GAVIRA

Todavía hay empresas que ven la reducción de jornada para adaptarla a la crianza como una dádiva y no un derecho

Aunque en Córdoba vuelve a haber más nacimientos que muertes la despoblación de la provincia es un hecho contundente, tan imponente que debería dirigir toda agenda social de las administraciones y parte de la económica. De los nacimientos depende la regeneración y las pensiones, ya tocadas como nos enseñaron a asumir, pero también la pujanza social que provoque cambios.

Mientras las administraciones sigan considerando a nuestros hijos un bien social pero no fabriquen una red que permita la conciliación familiar real, estaremos sorteando obstáculos y mostrando ansiedades antes de confiarnos a esta estructura social que llamamos familia a la que es posible defender con beligerancia también en lo tocante a horarios laborales, tan desprovistos a veces de esta sensibilidad. Más allá de la igualdad de género hay una nueva conquista pendiente: conciliar la vida familiar con la laboral por ley, realmente.

Hay mucha hipocresía en empresas públicas y privadas que pasan por ser responsables y consideradas con la madre trabajadora pero penalizan las ausencias y condenan al ostracismo a las mujeres que piden la reducción de su jornada. Es una práctica quizás poco apreciable a simple vista que va calando en la decisión de los padres, hasta convertirse en el factor que determina cuántos hijos tener y cuándo tenerlos. Todavía quedan empresas que entienden que la reducción horaria y la adaptación de la jornada para cumplir las obligaciones de la crianza son dádivas y no derechos.

Siempre, la sociedad va por delante de las leyes pero, en este caso, las leyes no alcanzan a regular esta presión intangible que significa presentar algo así como un carnet de inoperante varias horas al día en la jornada laboral. Muchas madres sienten al volver a sus puestos de trabajo tras dar a luz que su labor ha quedado devaluada y que es objeto de sospecha por menor rendimiento cuando, lo dicen estudios experimentales, la mujer crece en capacidad de organización y trabajo tras ser madre, sencillamente por una cuestión de supervivencia.

Los millonarios planes de igualdad y centenares de arengas políticas no han servido para reducir la espita que genera cada año miles de renuncias laborales por ser madre y otro tanto de zozobra para las que permanecen y sortean horarios inflexibles a fuerza del pago de servicios y la voluntad de quienes están cerca.

Pero, todo no puede depender de los que hagan por nosotros y cómo de fácil nos dejen el campo de juego, también podríamos ser nosotros operadores de un cambio de mentalidad y mostrarnos menos amedrentados por las circunstancias heredadas de la crisis económica desde 2007, cuando tener hijos se convirtió en un ejercicio de lápiz y papel, calculadora y una dosis de confianza que cada gran obra humana necesita. Tenemos dos cambios pendientes uno el individual y otro colectivo. Solo la rebeldía ante la imposición de las circunstancias que nos doblega puede cambiar el curso de las cosas.

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