Luis Miranda - Verso suelto

Los coleccionistas de Patrimonios

Lo de Medina Azahara honra a quienes miraron hacia otro lado

Luis Miranda
CÓRDOBAActualizado:

Cualquier colección termina por devaluar a los objetos que la forman, porque en algún momento empieza a ser más importante el conjunto que la suma de las piezas individuales. Hay veces que el que posee apenas un par de cuadros hermosos los mima mejor que el que ha llenado dos habitaciones, porque le interesa más decir cuántos hay que admirar los que cuelgan en las paredes. Los que presumen de tener muchos discos y algunas ediciones limitadas terminan escuchando música en Spotify y quienes juntan todos los números de una revista al final piensan más en una serie de lomos uniformes que en lo que llevan escrito dentro.

La declaración de Patrimonio Mundial para Medina Azahara, desvelada anteayer para disgusto de tantos por este periódico, tiene mucha pinta de ser más el cuarto trofeo, así en abstracto, que una buena noticia invididual para la ciudad de Abderramán III. A partir de ahora y sobre todo después de que la Junta de Andalucía y la Unesco lo proclamen en una noche entre la epifanía y la transiguración, Medina Azahara será sobre todo la nueva pieza de la colección que abrió con toda justicia la Mezquita-Catedral, continuó el Casco Histórico que a esas alturas ya empezaba a ser un decorado vacío y recubierto de horteradas y siguió por la extraña protección inmaterial de los Patios, que les ha aprovechado mucho a casi todos menos a sus propietarios.

Cuando termine la fiesta, Abderramán salga de su tumba mirando a La Meca para celebrarlo con una copa de Montilla-Moriles, Almanzor llore como mujer aquello que destruyó como un hombre y alguien de Izquierda Unida pida una comisión a tiempo completo que impida que la Iglesia inmatricule a su nombre la ciudad califal, puede que Medina Azahara termine como acaban a esas horas los objetos que se coleccionan, como un estorbo solemne más que como una cosa que se aprecia y que alegra la casa o es útil. Al llegar las visitas gustará enseñarlo y contar alguna historia de lo que costó conseguirlo, pero en las noches de insomnio su dueño pensará si no padece un síndrome de Diógenes de tanto cacharro inútil que le llena la casa y no le aporta nada.

Medina Azahara es una plaquita, un quesito del Trivial, una medalla en el pecho de un general que no conoce más que las maniobras. El trofeo honra a los mismos que silbaron mientras alrededor de ese lugar tan importante que no comprenden demasiado se levantaban cientos de casas ilegales con porche, todoterreno y barbacoa de obra. Cuando llegue la resaca Medina Azahara seguirá cerrado del mediodía del domingo al martes por la mañana y los autobuses de turistas serán caros y escasos. Para ese entonces quienes reúnen declaraciones archisilábicas no se darán por enterados de otra cosa que contaba en exclusiva ABC en el apartado incómodo de las adversativas: será Patrimonio Mundial, pero hay que tener cuidado con las casas ilegales, lucirá el logotipo acreditativo, pero habrá que gastar más dinero en conservarlo. Es probable que a esta gente de la Unesco, que va de distinción en distinción conociendo mundo y complaciendo, le importe a esas alturas lo mismo que el destino de los canapés que nadie se come, pero a los coleccionistas no les llegará la camisa al cuerpo cuando sepan que cualquier día van a tener en frente a parecelistas cabreados.

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