Patio de la calle de Langosta, 7 en el barrio de San Basilio de Córdoba
Patio de la calle de Langosta, 7 en el barrio de San Basilio de Córdoba - EFE
CULTURA

Cinco años «regando» el título de Patrimonio de la Humanidad de la Fiesta de los Patios de Córdoba

Este espaldarazo final ha convertido los recintos en un producto turístico propio

CÓRDOBAActualizado:

El 6 de diciembre de 2012 la Unesco decidió que los Patios de Córdoba dejaran de ser una fiesta local para convertirse en patrimonio mundial de la humanidad, título que cuidadores y propietarios han tenido que asumir y regar cada año, mientras la ciudad se llena de más turistas.

Córdoba está inmersa en una dinámica turística récord, aumentando año a año las visitas a sus monumentos más emblemáticos, y debatiendo como ciudad la manera en que el turismo ha de impactar a los vecinos y ciudadanos, entre ellos los propietarios de los patios, uno de los reclamos más atractivos que ofrece hoy la ciudad, y que se han convertido en un producto turístico propio desde que la Unesco puso una lupa sobre ellos.

Aquella deliberación del 6 de diciembre de 2012 no tuvo debate, aunque se produjo un día después de los esperado, tal y como recuerda a Efe el presidente de la Asociación de Amigos de los Patios, Miguel Ángel Roldán, quien recibió el título de la Unesco «en primera línea» en París.

«Cuando se declaró, toda la sala, los 170 países que están allí representados, hizo un aplauso clamoroso», rememora Roldán, quien añade que «los patios ya se conocían mundialmente» y aquel «sí» en la Unesco fue «el espaldarazo final».

Un espaldarazo que se celebró en un clima de comunión entre propietarios y vecinos de la ciudad que, a su juicio, no se ha mantenido del todo cinco años después, ya que echa en falta que el cordobés de a pie tome una mayor conciencia sobre el papel de los cuidadores y propietarios, a quienes considera «los grandes protagonistas de esta fiesta».

En este sentido, especifica que son éstos los que, de manera silente y durante todo el año, trabajan para atraer gente y beneficio a Córdoba y sus empresas, mientras que las ayudas sólo caen desde el sector público y con cuentagotas, dada la «complejidad» que tiene repartir dinero público a recintos privados.

«Es un binomio que no cuadra muy bien, a pesar de que los Patios aporten una gran parte de la imagen y la economía cordobesa», remarca Roldán, que cree que la inercia parece «más fuerte desde fuera de lo que ha sido en realidad».

Lo que sí rechaza el presidente de Amigos de los Patios es la idea de masificación de la fiesta, ya que «colas ha habido siempre», y apuesta por mejorar los controles en puerta para que «quien entre o quien espere pueda disfrutar del patio» y se le pueda compensar la espera con lo que considera la esencia de la fiesta, «el visitante que se pone a hablar con el cuidador, que le cuenta cosas del patio».

A este respecto, Rafael Barón, presidente de la Asociación de Claveles y Gitanillas, tiene claro que la masificación es lo peor del título de la Unesco, aunque mantiene que «es mejor esperar diez minutos en la puerta de un patio, a que entren en manada agobiados y no puedan disfrutarlo».

Lo mejor, a su juicio, es que el título de la Unesco supuso «un aldabonazo al trabajo que han hecho tantas personas» en el pasado y dio un empujón a la fiesta, ya que movilizó a muchas personas que eran reacias a abrir sus patios al público.

Sobre aquel proceso recuerda que el cambio de los criterios en la Unesco demostraron que el Gobierno de España y el Ministerio de Cultura, entonces en manos de un recién llegado José Ignacio Wert, habían estado «cortitos» en la preparación del expediente.

Sin embargo, aquel varapalo fue temporal y vino con un año de gracia, que en Córdoba dedicaron a «buscar mucha información y hacer un esfuerzo de síntesis para entregar un trabajo satisfactorio» y un título más de patrimonio mundial.

Hoy, Córdoba tiene tres y va a por el cuarto -para el yacimiento arqueológico de Medina Azahara-, aunque, de todos ellos, ninguno más pegado a la tierra que los patios, una fiesta que hay que regar durante todo el año para que florezca y siga siendo atractiva para el turista, y sobretodo, para el propietario.