Palacio de Hoces en Córdoba
Palacio de Hoces en Córdoba - M.R.G.
TRIBUNA LIBRE

De casa señorial a vivienda okupa

La categoría de las ciudades se mide de muchas formas, pero una de esllas es el respeto a su pasado, a sus monumentos, tradiciones y culturas»

CÓRDOBAActualizado:

Mi estado de ánimo en el momento de escribir este artículo no puede ser calificado nada más que de negativo. En efecto, de mi paseo vengo irritado, triste y sobre todo pesimista y muy desanimado. ¿Tan bajo está el nivel de compromiso con nuestra ciudad? ¿Tan olvidado y dejado de la mano de Dios está nuestro Casco Histórico una vez que pasa la Semana Santa o los Patios?

A mi juicio, la categoría de las ciudades se mide de muchas formas, pero una de ellas es, sin duda, el respeto a su pasado, a sus monumentos, tradiciones y cultura, así como el compromiso, tanto de los ciudadanos como de las autoridades locales, provinciales y autonómicas, por conservar y fomentar todo lo anterior. ¿Se cumple ello en Córdoba?

Hace ya 17 años que comencé a escribir las primeras líneas de mi obra «Casas Señoriales de Córdoba», cuyo primer volumen salió a la luz en diciembre de 2016. Fueron muchas horas de trabajo en archivos y bibliotecas, de lectura y de buceo en los viejos legajos que contenían los protocolos notariales para intentar recopilar en un corpus una parte muy importante de nuestro acervo histórico y cultural: las casas principales, también conocidas como señoriales o solariegas. Acervo, por desgracia, muy desconocido, olvidado y a veces maltratado. Por aquellos tiempos era titular de la notaría de la Pobla de Segur, en el Pirineo leridano, y por las tardes, acaba mi función notarial, me trasladaba con la mente a nuestro Casco Viejo y comenzaba a dar forma la aquella obra literaria. Al mismo tiempo, iba concertando visitas con los propietarios para poder acceder en compañía del fotógrafo a aquellos viejos caserones cerrados a cal y canto, que rezumaban misterio, daban pábulo a leyendas e incitaban la curiosidad de los cordobeses y foráneos.

Cierto día me confirmaron que me abrirían las puertas de una de las casas señeras de Córdoba, por cuya fachada, situada en la calle del Lodo, hoy Isaac Peral, había pasado decenas de veces; era una de las viviendas que tuvieron en la collación o barrio de San Andrés una familia de las de la «Cepa» de Córdoba: los Hoces, tronco de los condes y después duques de Hornachuelos. Además de en San Andrés, otra rama de la familia también tuvo casas en la collación de Omniun Sanctórum durante siglos, concretamente en la calle Bartolomé Sánchez de Feria, hoy reconvertida en Archivo Municipal, edificio que ha sido analizado en el tomo I de mi libro.

Pero volviendo a la collación de la Axerquía, en aquella ocasión me abrió las puertas la por entonces propietaria de aquellas casas históricas, y lo primero que pude contemplar, a modo de recibimiento, fue un fabuloso capitel de avispero en el zaguán, integrado en la columna que soportaba el arco de acceso al patio. Era maravilloso y se encontraba en un estado de conservación casi perfecto. Estos capiteles marmóreos fueron una de las cartas de presentación de la Córdoba del Califato, de la época del esplendor del siglo X. Surgieron como una evolución del capitel corintio clásico, al que los artesanos locales realizaron una serie de hendiduras o incisiones que se asemejan a panales o nidos de avispas, de ahí su nombre acientífico. Además, era normal que en el ábaco este tipo de capiteles, que se prodigaron por toda la gran urbe, además de en Medina Azahara y Medina Alzahira, se labrasen elogios a Mahoma y al califa reinante, como ocurre, quiero recordar, en el que nos ocupa ahora.

Sea como fuere, en aquel momento salí pleno de satisfacción de la visita. Una vez más, una casa cordobesa me revelaba sus secretos más íntimos, y una vez más, quedaba prendado por una ciudad y unas viviendas que son únicas en el Mundo.

Que distinta es la visión que acabo de contemplar esta tarde. En estos días me encuentro dando los últimos repasos al segundo volumen de Casas Señoriales de Córdoba, y necesitaba comprobar unos datos acerca de estas casas, por lo que he decidido acercarme. Cuál es mi sorpresa al llegar y contemplar que la casa ha sido ocupada, maltratada y destrozada por un grupo de personas. Como sabréis, de este fenómeno se viene haciendo eco este diario desde hace meses, aunque nunca me pude imaginar que llegase a estos extremos. Lo primero que se me ha venido a la mente al contemplar tal despropósito ha sido el capitel que me fascinó años atrás. Antes era imposible vislumbrarlo desde la calle, pero el viejo portón de madera no ha podido resistir al empuje de la bestialidad, y se ha rendido a cumplir su antigua misión de impedir las miradas indiscretas. Desprovista de parte de su centenario tablazón, la desvencijada puerta deja visible el interior del patio. Por suerte, el capitel sigue ahí, en su antigua ubicación, pero, ¿por mucho tiempo? ¿Nos levantaremos un día desayunado con la triste noticia de que Cristie´s, Sothebys o cualquier otra casa de subastas inglesa anuncia por cientos de miles de euros la subasta de un capitel de tiempos de Abderramán III o Alhaken II? ¿Asistiremos a un espectáculo similar al de las vigas de la Mezquita?

Ojalá las autoridades tomen conciencia y hagan lo necesario para preservar la casa, sus partes integrantes y pertenencias, y así evitar que se convierta tan solo en un recuerdo plasmado en las fotografías y el texto de mi libro.