Rafael González - LA CERA QUE ARDE

Barcelona Rafael González

La doble fila adquiere una nueva dimensión en esa avenida

Ustedes disculpen que les escriba desde mi vehículo particular, pero llevo dos días atrapado en la Avenida de Barcelona y me han entrado ganas de hacer pipí. Y de escribir. Este ejercicio de la escritura es mucho más liberador que una urgente micción, pero a veces la prioridad cambia, como comprenderán. ¿Y qué hace este muchacho atrapado en tan comercial avenida, se preguntarán ustedes? Bien, ante todo quiero agradecerme a mí mismo que mi autoestima esté intacta a pesar de este contratiempo y me siga viendo y calificando de «muchacho» a pesar de los años cumplidos. Ciertamente soy un muchacho con vehículo a motor que a veces debe hacer mandados, como es el caso. Hago esta puntualización porque no es la primera crónica que les ofrezco de mis desplazamientos cordobeses sobre las cuatro ruedas y pueden pensar, con razón, que soy un aniquilador de la capa de ozono. Pero no es el caso. Me defino como peatón que a veces se ve obligado a desplazarse en coche por Córdoba, lo que no deja de ser una interesante aventura en muchas ocasiones. Como ahora, cuando accedí a esta avenida en la que me encuentro por los Padres de Gracia- tras sortear conductores dubitativos que no sabían si seguir mi mismo camino o darse la vuelta hacia Badajoz- y de la que espero salir en breve. Porque en esta Avenida de Barcelona están todos los coches de Barcelona, como su propio nombre indica. No sé qué han venido a hacer aquí, pero están. De ahí el atasco. Es cierto que algunos cordobeses hemos entrado en la misma, pero ha sido por equivocación, sospecho. Puede que haya una vía alternativa, pero nuestras vías alternativas nos llevan al lado del estadio del Arcángel y también corremos el riesgo de envejecer y no ver a nuestros nietos corretear por la parcela.

La doble fila adquiere una nueva dimensión en la avenida de Barcelona, sobre todo porque es de los pocos sitios donde los vehículos a motor pueden acceder a una plaza de estacionamiento sorteando a otro por medio de algún fenómeno físico desconocido. El caso es que lo hacen y hay una movilidad estática que sólo es comparable al actual gobierno español. Queda demostrado también que el afán recaudador del ayuntamiento es solo una leyenda urbana contada por liberales descontrolados, ya que aquí no se ven agentes sancionando. De hecho, en los dos días que llevo aquí atrapado, no he visto ninguno. La Policía Local sabe dónde debe meterse y donde no, y no lo hacen en los sitios de los que no se puede salir. Eso es de manual de oposiciones de policía local claramente. He comenzado a sospechar que sea una estrategia de la asociación de comerciantes de la zona, porque eso sí, en estos dos días he comprado una pizza, una batería para el móvil, dos cupones de la Once, un filtro para la cafetera, unos churros en El Pilar, he contratado un viaje a Roma, he adquirido unas plantillas ortopédicas y no he seguido porque este atasco me está costando un dineral.

Ahora mi objetivo son las urgentes aguas menores, y poder salir a la gasolinera más próxima, a ser posible antes de las elecciones, que no quiero dejar de ejercer mi derecho de ciudadano y contribuir con mis impuestos a que todo funcione con la fluidez de la carga y descarga de la avenida de Barcelona.

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