Rafael Ruiz - CRÓNICAS DE PEGOLAND

El aparcamiento Rafael Ruiz

El SAS ha jugado a ser promotor y se ha encontrado con un rechazo obvio

El lunes llovía. Mucho. Y aparcar en el Reina Sofía era un drama de barro y agua. Los que estuvimos en el hospital acompañando a familiares tuvimos que sortear arroyos de lodo, paseos hasta el solar custodiado, gente transportando carritos de bebé o sillas de ruedas en volandas para que no se quedaran atascados en el terreno blando. Una situación verdaderamente infame para un equipamiento que funciona en este siglo que nos asuela.

Los accesos eran un disparate. La glorieta de Menéndez Pidal estuvo colapsada durante gran parte de la mañana. Intentar hacer pasar a tanta gente por tan poco espacio es lo que tiene. Con ambulancias que intentaban como Susana les dio a entender acceder a Urgencias transportando a personas que necesitaban ayuda lo más pronto posible. Hay cosas con las que no se negocia. Un infarto no puede depender, en 2017, de un atasco cuando existen soluciones -baratas o caras, ya se verá- para evitar que nadie se vea en el brete de la vida o la muerte por una tormenta de más o un autobús de menos. La rampa para las emergencias del Materno-Infantil o para acceder a Consultas Externas estaba de bote en bote. Recuerden: mujeres que están a punto de dar a luz, personas que no pueden llegar a pie a la consulta del médico.

El SAS ha jugado a ser promotor y la cosa le ha salido rana. A las malas malas, con precios máximos, se pasaba de pagar un euro al día a un euro a la hora. Con todos los bonos que se quiera, efectivamente, pero el personal ha reaccionado como suele en estas ocasiones. Los de Salud podrán decir misa en latín pero se le vio la hebra del negocio. En tiempos de poca pasta del presupuesto, negocio de primero de urbanismo comercial. Aparcamientos privados a cambio de un edificio para consultas externas pediátricas. Terrenos cedidos gratuitamente por la ciudad que iban a parar a una explotación lucrativa. Tufillo gordo a chanchullo inmobiliario previamente negociado. Nadie se mete en éstas sin garantizarse un licitador.

La gestión ha acabado como debería. Se aparca un contrato que iba a ser verdaderamente impopular. Es evidente que barato mejor que caro pero la operación tenía varias derivadas. Con esos precios, los cientos de coches de usuarios que van cada día al Reina Sofía se iban a desperdigar hasta quién sabe dónde. La gente no va al Reina Sofía a pasar la mañana sino por estricta obligación. Estacionamientos con vocación de permanencia ocupan el espacio llamado a servir para generar nuevos servicios, más espacio sanitario. Habitaciones, quirófanos, consultas y toda esa mandanga.

Pero el SAS ha abierto una espita curiosa. Las cosas no pueden seguir como están. De todo lo que se ha dicho, hay una gran verdad. El Hospital Universitario Reina Sofía tiene un problema grave de comunicaciones. De lo que ahora se llama movilidad. Que ya no basta con echarle zahorra para que las tormentas parezcan menos tormentas. Por ganarle unos metros cuadrados más al campo. El problema existe desde hace muchos años y ahora toca ponerse a arreglarlo.

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