Rafael Gómez en el banquillo junto a su hija y su esposa, de espaldas
Rafael Gómez en el banquillo junto a su hija y su esposa, de espaldas - VALERIO MERINO
PERDONEN LAS MOLESTIAS

El ángel caído

El lunes pasado Sandokán puso fin a su larga escapada en la puerta de la prisión

CórdobaActualizado:

EN los años de vino y rosas, una romería de curiosos desfilaba por Sansueña para contemplar el suntuoso chalé de Sandokán. Rafael Gómez era ya el símbolo del hombre pobre hecho a sí mismo capaz de levantarse de la miseria para edificar un imperio. La fachada de aquel pastiche de mármol, a caballo entre la Casa Blanca y el Panteón de Agripa, desnudaba a las claras los delirios de grandeza sobre los que cimentó su fulgurante éxito. Los peregrinos se paraban ante la cancela y clavaban sus ojos fijos en aquel frontón romano sostenido sobre cuatro columnas gigantes y blancas. Era todo un espectáculo. El impudor hortera del joyero y la adulación sumisa de la plebe.

Ahí se fraguó un vínculo irrompible entre el ídolo y la masa. Un héroe de carne y hueso que se expresaba como un charcutero de barrio y desafiaba a la aristocracia de cuna con esa intuición invencible para detectar oportunidades de negocio. Sandokán encarnó la riqueza al alcance de la mano. Nos anunciaba que usted también, vecino del cuarto, sin un mísero curso de FP ni haber leído un libro en su vida, podía escalar en el ascensor social hasta tocar el cielo con sus dedos.

Luego vinieron los mitos. Los millones, las plusvalías, las empresas a destajo, los aviones privados, el caviar, las fiestas superlativas. No hay ídolos sin mitología. Sin ese universo grotesco de lingotes de oro y lluvia de estrellas. La ciudad se pobló de leyendas urbanas sobre la opulencia del constructor de Cañero para que los pobres soñaran y la vida se hiciera más llevadera en la cola de la pescadería. Y Sandokán se acomodó en el papel del Rey Midas que reparte billetes por el barrio, paga las letras del vecino y sufraga la boda de la novia.

En efecto. Rafael Gómez se convirtió en el padrino. El benefactor. El hombre que levantaba la mano para que el día se encendiese y las mesas se llenaran de langostinos tigre. Entonces compró el Córdoba CF. Financió talleres de desempleo. Sufragó tendidos eléctricos. Impulsó proyectos empresariales. Firmó convenios urbanísticos. Engrasó campañas electorales. Y, en definitiva, se metió al «stablishment» en el bolsillo.

A cambio, solo pedía cariño. Comprensión. Impunidad. A fin de cuentas, Sandokán era un visionario que iba más rápido que los papeles. Su audacia empresarial no podía supeditarse a la lentitud exasperante de la mecánica burocrática. Su mundo (y el de tantos otros) giraba a una velocidad de vértigo incompatible con las ordenanzas, las disposiciones y las leyes.

Una mañana de principios del tercer milenio, apareció edificado como por arte de magia un graderío de la ciudad deportiva de su propiedad. Sin licencia. Sin permisos. Sin medidas de seguridad. Fue el comienzo de un estilo que ha terminado arrastrándolo a la cárcel. La autoridad competente miró hacia otro lado. Eso en el mejor de los casos. Luego llegó el pelotazo de la Carrera del Caballo, la maraña de los cines de verano, las recalificaciones por doquier, el órdago del Tívoli, el emporio de la Costa del Sol y el escándalo pornográfico de las naves de Colecor, que coronó una carrera desbocada de ambición y envilecimiento de las administraciones públicas.

El día en que su nombre apareció en la Operación Malaya como autor de un delito de cohecho activo supimos que el mito se desmoronaba como un castillo de arena. Todo lo demás, ha sido una huída en desbandada para salvar los muebles. El lunes pasado se presentó voluntariamente en la prisión de Córdoba para cumplir una condena de 5 años por dos delitos de fraude fiscal. En sus ojos ya no centelleaba la luz del ganador. Habitaba la mirada esquiva de quien se encuentra al final de la escapada.