Rafael Aguilar - EL NORTE DEL SUR

Americanos Rafael Aguilar

«No nos explicamos qué ha pasado. No conocemos a mucha gente que diga abiertamente que vota a Trump. Pero fijaros»

A un piso de tres o cuatro dormitorios, cochera en los bajos y piscina comunitaria le llamaban «a little apartament» con cierta pena hacia quien se lo enseñaba como un preciado tesoro. Entraban al minúsculo cuarto de pila y se decían unos a otros que el «porch» de su casa del suburbio de una gran ciudad del Oeste norteamericano era diez o quince veces más espacioso y que además tenía vistas a un valle espléndido desde el que, en los días claros y en las noches con estrellas, se divisaban las Montañas Rocosas y no un patio interior con los muros oscurecidos y ropa tendida. Caminaban por la calle sin comprender muy bien lo que veían, en gran parte porque el propio concepto de calle les cogía a contramano: coches que expulsaban de sus tubos de escape un humo demasiado negro y espeso en la avenida de Las Ollerías o en Ronda de los Tejares, gente de casi cualquier edad que fumaba sin parar en cualquier esquina que diera a la Mezquita y que además lo hacía mientras se bebía una cerveza y luego otra y después otra más con las botellas bien visibles y por si fuera poco en presencia de menores, bares que servían platos de comida en Arroyo del Moro o en la avenida de Barcelona sin que en ningún sitio indicasen cuántas calorías tenía cada porción de alimento ni cuáles eran sus características nutritivas, parejas de novios que se abrazaban y que se besaban en los semáforos sin ningún pudor y sin que nadie le llamase la atención.

Cuando hablaban de la política interna de su país lo hacían ya en pasado, aunque a Obama le quedase aún más de la mitad de su segundo mandato. Sabían, o intuían, que algo se estaba fraguando, que la fuerza de Hillary era bastante relativa y que sus posibilidades quizás estaban sobrestimadas, sobre todo en Europa, donde según aseguraban no había tantos prejuicios machistas como en el sitio del que ellos procedían y donde, además, la mayoría de la población vivía en ciudades y no en el campo, muchas veces en medio de la nada y tan solo cerca, a varias decenas de millas, de un pequeño pueblo con dos o tres tiendas y una gasolinera en el que poder repostar una vez a la semana y comprar comida para llenar la despensa. «Estados Unidos no es Nueva York, ni Los Ángeles ni Chicago. Eso son excepciones. Nuestro país está lleno de gente con convicciones muy cerradas acerca de la propiedad, de la defensa del sueño americano del que se sienten parte porque fueron sus bisabuelos los que lo fundaron, o casi, y no está dispuesta a dejar que esa obra tan preciada para ellos y tan mitificada se venga abajo por ninguna influencia exterior. Así que votarán a quien les diga lo que quieren escuchar», reconocían con un punto de pesadumbre. Dos años después el augurio se ha vuelto real. «No nos explicamos qué ha pasado. No conocemos a mucha gente que diga abiertamente que vota a Trump. Pero fijaros», comentan ahora por teléfono mientras bromean sobre las ventajas de mudarse a la ciudad de calles estrechas y muros encalados que hace dos veranos les pareció algo parecido a África.

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