El crimen sucedió en la calle San Pablo de Córdoba
El crimen sucedió en la calle San Pablo de Córdoba - VALERIO MERINO
CRÓNICA NEGRA

75 años del crimen del descuartizador de San Pablo de Córdoba

Hoy se cumplen tres cuartos de siglo de uno de los asesinatos más sonados de la historia de la ciudad

CÓRDOBAActualizado:

Han pasado 75 años desde que Enrique Gallego, cobrador del Banco Español de Crédito, murió desangrado a manos de su propio barbero, Francisco Reyes, que le rebanó el cuello y descuartizó su cuerpo después en su negocio de la calle San Pablo. Este terrible suceso, que conmocionó a la sociedad cordobesa en su día y que sigue turbando en la actualidad a todo aquel que escucha la historia por primera vez.

Aquel 28 de enero de 1943, sobre las 13.00 horas, apareció Gallego en la puerta de la barbería de reyes, que se encoentraba en el número 6 de la calle San Pablo, y le preguntó si tenía tiempo de afeitarlo. Este asistió y comenzó con la tarea. «Según la versión del propio barbero, cuando estaba dándole el segundo repaso, comenzaron a discutir. Obcecado, el barbero le dio a Enrique un corte en el cuello dejándolo sin sentido y muriendo poco después», recoge el libro «Crónica negra de la historia de Córdoba. Antología del crimen», escrito por el exmagistrado de la Audiencia Provincial de Córdoba Antonio Puebla Povedano y el comadante de artillería en la reserva José Cruz Gutiérrez.

Noticia recogida en la prensa de la época
Noticia recogida en la prensa de la época

Sobre las 21.00 horas de ese mismo día, la esposa del cobrador, doña Trinidad Gámez, preocupada y temerosa acudió a la comisaría de policía para denunciar que su marido no ha había aparecido. Los cuatro agentes que se hicieron cargo del caso, tras las preceptivas indagaciones, descubrieron que el desaparecido tenía intención de ir a la barbería el día que se le perdió la pista.

El sobrino del barbero dio a los efecitivos policiales las claves, al confesarles que su tío llevaba unos días muy raro: no le permitía entrar en la trastienda del local, que olía muchísimo a perfume.

Los agentes se desplazaron hasta la barbería y al entrar en la trastienda se encontraron con una macabra sorpresa: allí, sobre una mesa, se encontraba la cabeza del cobrador con los ojos abiertos. El asesino no dudó en confesar todos los detalles del crimen. Dijo a los policías que, tras cortarle el cuello a su amigo, utilizó unos bidones de jabón para ocultar el cadáver. Descuartizó poco a poco el cuerpo y cada vez que salía a la calle tiraba al Guadalquivir los miembros amputados de su víctima envueltos en papel de periódico.

Tras el juicio, el barbero fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento junto a la parilla del Cementerio de San Rafael.