Javier Tafur - EL ESTILITA

Por la confusión del turco Javier Tafur

¿Quién no valora la división del adversario como oportunidad para presentar un frente sin fisuras ante las puertas fariseas de las administraciones?

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Hubo un tiempo en el que los cofrades se entusiasmaban con el dibujo de un bordado o de una canastilla de paso. Hoy fatigan los planos de la ciudad como si fueran topógrafos. Conocen la red viaria mejor que los profesionales del taxi y cambian las direcciones cual concejales de tráfico. Se han vuelto forofos de los itinerarios. Les importa más de dónde y por dónde vienen que a dónde van. Parecen haber olvidado las puertas de la Catedral para distraerse ahora con las del Patio de los Naranjos. Se preocupan más por las anchuras urbanas que por las alturas celestiales. Ya no tendremos inquietud por el cabildo de aguas, sino por el del asfalto. Aún así, podrían haberse mantenido unidos en la causa, uno tras otro llegando por la venas feligresas, uno tras otro volviendo por las arterias catedralicias, circulando por el sistema pasionista como Dios manda y como la cordura aconseja. Pero no. Tenían que enfrentarse al modo callejero, llorando por una acera, pugnando por una esquina, matando por un atajo.

Trece miembros, como los famosos de Pizarro, se han levantado contra la Agrupación de Cofradías y se han propuesto hacer la carrera por su cuenta y, además, en sentido contrario. Se le ocurre la cosa a David Luque y lo corre a gorrazos la propia Ambrosio. Pergeña la idea Paco Alcalde y le retira la comunión la mismísima Aguilar. ¿Quién puede querer volar por los aires la difícil entente de una carrera oficial que hasta la Junta y el Ayuntamiento veían con buenos ojos o, al menos, sin motivos serios de rechazo? ¿Quién no valora la división del adversario como oportunidad para presentar un frente sin fisuras ante las puertas fariseas de las administraciones? Pues tendré que reconocer que el liderazgo de la facción rebelde lo ejerce el Santo Sepulcro, mi cofradía, digna de encomio por tantas virtudes cofrades, pero aquejada ahora de soberbia, pecado que el maligno reserva a los mejores. Lo trascendente no es haber sido el primero, sino mantener el tipo hasta el final, con la humildad como única bandera. La ocasión es propicia para zanjar la cuestión con claridad, sin bizantinismos que retrasen el desenlace al 2018, como ya se ha sugerido.

Andan los otros como turcos confundidos, a la gresca laica, promoviendo arteramente fiestas sin vírgenes ni santos, con caimanes y pescados y acaso toros berrendos, pretendiendo trasformar el santoral cordobés en un bestiario, para mayor escarnio de la ciudad pastueña en que vivimos. Pero, en el fondo, no se creen la estrategia que demandan. ¿De verdad piensa alguien que la alcaldesa, o cualquier otro munícipe ilustre, iba a prescindir de llevar la vara de mando en los desfiles religiosos, que son todos los que parecen de verdad desfiles y tienen la ceremonia adecuada para que el edil se vista de edil -no de perroflauta- y luzca con decoro la medalla que lo caracteriza en el pecho? Pasar bajo el arco triunfal de la Puerta del Puente y salir en la foto internacional como mandamás de la ciudad inmortal. ¿Qué político se resiste a tal honor?

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