ESTUDIO

Las búsquedas de Juan de Mesa

Una conferencia encuentra ejemplos de imágenes que pudieron servir al escultor de punto de partida para sus grandes obras

El Cristo de Vergara y el Crucifijo de marfil de Gaspar Núñez Delgado en Indianapolis
El Cristo de Vergara y el Crucifijo de marfil de Gaspar Núñez Delgado en Indianapolis - ABC
LUIS MIRANDA Córdoba - Actualizado: Guardado en:

Adormercido, con una gubia en la mano y recibiendo la inspiración del mismo Cristo al que tenía que plasmar muerto en el regazo de su madre. José Manuel Belmonte imaginó así a Juan de Mesa en el monumento que le recuerda en Córdoba. La alta espiritualidad de las imágenes que dejó han llevado a muchos a pensar en el escultor cordobés como un místico que plasmaba en la gubia visiones celestiales. Sin desmentir la hondura de su obra, los estudiosos siguen encontrando detalles de la forma en que pudo hacer su trabajo y las fuentes de inspiración para darle forma.

El doctor en Historia del Arte José Carlos Pérez Morales, que participó en la gran monografía publicada por Tartessos hace sólo una década, acaba de reunir en una conferencia sus últimas investigaciones sobre el autor de la Virgen de las Angustias y del Gran Poder. Su título es elocuente, «Inspiración terrenal para designios divinos», porque en ella ha encontrado correlatos entre imágenes que existían en la Sevilla en la que trabajó Juan de Mesa y las obras que luego hizo el autor. ¿Copia? Más bien una inspiración que luego él trabajó de su forma más personal.

José Carlos Pérez Morales recuerda cómo de la vida del autor apenas hay testimonios y muy pocos documentos, pero ha encontrado algo significativo de ellos en su testamento, fechado en Sevilla el 26 de noviembre de 1627, con apenas 44 años. O mejor sería decir qué no ha encontrado: no deja libros ni biblioteca a su esposa. «Todo lo que deja son herramientas y útiles del trabajo», recuerda de este texto, que tiene profusión de detalles.

La formación

Eso choca frente a lo que pasa con otros artistas de la Sevilla de su época, singularmente su maestro, Juan Martínez Montañés, y el pintor Francisco Pacheco, que sí tenían una formación «más erudita». Así, el primero formaba parte de la Congregación de la Granada y el segundo influyó en muchos autores de su tiempo, por ejemplo cuando estableció que el número de clavos de los Crucificados tenía que ser de cuatro, con dos en los pies, lo que luego aparece en el Cristo de su yerno Velázquez.

Juan de Mesa pudo recurrir más bien a lo que conocía de primera mano, en las iglesias de su tiempo y ahí José Carlos Pérez Morales habla de una de sus obras más aclamadas: el Cristo de la Agonía de Vergara (Guipúzcoa). «Con frecuencia se ha hablado de esta imagen como el Laooconte cristiano, por encontrar parecida la postura de esta escultura clásica», recuerda. Sin embargo, él no cree que fuera así. El Laocoonte había aparecido en 1506, y no cree que hubiera tiempo para que esta imagen se difundiera en el mundo de su época y Juan de Mesa lo pudiera conocer. ¿El gesto y el movimiento del cuello? «Era una obligación anatómica, la mejor forma de solucionar lo que le habían pedido de Cristo vivo en la cruz». El historiador del arte habla más bien del Cristo de la Expiración de Marcos de Cabrera para la hermandad del Museo, de 1575.

En el testamento de Juan de Mesa se mencionan herramientas, pero no libros

Pero hay más. Entre 1581 y 1606 trabajó en Sevilla Gaspar Núñez Delgado, discípulo de Jerónimo Hernández y maestro de Martínez Montañés, y su obra tenía gran prestigio. José Carlos Pérez Morales señala por ejemplo la cabeza de un Ecce Homo y en ella ve un gesto parecido al que pudo llevar al Crucificado de Vergara. Pero hay más, también señala un Crucificado de marfil que hoy está en Indianapolis, fechado en 1599, y hace notar los parecidos en el torso entre uno y otro. Juan de Mesa daría a su imagen un aspecto más barroco y le daría su impronta personal, pero la hipótesis no parece descabellada. Si Juan de Mesa tenía que hacer un Cristo para Juan Pérez de Irazábal, que luego él mandaría a su Vergara natal, y Núñez Delgado tenía un Cristo en una capilla sevillana llamada «de los vascos», podía partir de lo que les había gustado para hacer la obra a su forma.

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