Ángel Cruz, el padre del pequeño Gabriel
Ángel Cruz, el padre del pequeño Gabriel - EFE
MUERTE EN NÍJAR

Caso Gabriel Cruz: El padre que abrazaba a su enemigo

Ángel ha interpretado de forma magistral el papel principal en el drama de su vida

ALMERÍAActualizado:

Cuesta crear que un ser humano pueda acumular toda la calma del mundo y ante el peor de los escenarios ser capaz de interpretar el papel de su vida. Nunca estudio arte dramático, lo suyo desde hace más de 40 años es la química, pero se ha doctorado en una disciplina que le ha sobrevenido. De Oscar ha sido el personaje encarnado por Ángel Cruz en los últimos días, no ante las cámaras de los medios de comunicación que tanto le han retratado, sino ante la mujer de la que estaba enamorado y creía conocer. Una interpretación tan memorable, tan sublime, que ni su compañera de reparto supo distinguir donde acababa acababa uno y empezaba el otro. Sabía que dormía con su enemigo, pero ella nunca llegó a sospechar que se había dado cuenta.

En su mente sólo se proyectaba la imagen de su pequeño Gabriel y éste le ha guiado, como los almerienses, en «volandas» hasta su lado. Saber que la persona con la que compartes lecho es la que te está haciendo el mayor daño que jamás sufrirás y encima ponerle buena cara y darle muestras más que evidentes de amor y cariño sólo está al alcance de muy pocos. Él es uno de ellos. Podía haber tirado por la calle de enmedio, haberse enfrentado violentamente al monstruo que, sin saberlo había entrado en su vida tras abrirle la puerta de su corazón hace año y medio, pero prefirió echarle un pulso al mismísimo diablo. Y ganó, solo que el premio resultó de lo más amargo.

Infatigable, ha trasladado una imagen que pocos hombres creen que son capaces de tener. La de un exmarido ejemplar y un padre espectacular. Apoyado en todo momento en Patricia, de la que se separó cuando su pequeño daba sus primeros pasos, no se le ha escuchado de su boca una palabra más alta que otra, ni un menosprecio hacia su oponente, ni se le ha visto una mueca de rabia y odio hacia su rival. Apostó por la templanza y por el sosiego y acertó ante un entorno colmado de incertidumbre y miedo. Otros en su lugar se habrían desahogado, pero él, que tampoco lo lleva en sus genes, sabía que de nada serviría si ello le iba a privar de lo que más quería, aunque fuera para darle un último adiós cara a cara.

Así es Ángel, responsable de control de calidad en una empresa de biotecnología, un ser con una calidad extraordinaria, hecho de otra pasta, con otro molde, con los mismos mimbres con los que quiso que su hijo se fuera construyendo el cesto que en un futuro debería albergar sus adorados «pescaítos», los que nadan por las cristalinas aguas del Cabo de Gata. Su espacio, su refugio, el lugar del recuerdo infinito de aquel que un día se le presentó como su sombra, como su continuación, como el alma que debería perpetuar el legado de un hombre en peligro de extinción.